¿Por qué escribir sobre la venta ambulante? Seré breve: no es posible reconstruir una calle carioca sin un puesto de venta a cada dos metros. Datos de 2018 revelan que el mercado informal de Brasil hasta junio de ese año era de 37,3 millones, un 40% de los trabajadores. Ellos dan vida, alimentos, ropa, bebidas y todo lo que puedas imaginar a los demás ciudadanos. Entonces, ¿cómo no hablar de ellos (y con ellos) cuando son mayoría? Como forman gran parte del paisaje y es un oficio tan común, a veces se da por hecho que están ahí pero nadie se pregunta por qué ahí y por qué ese trabajo.

Decidí que entrevistaría a mujeres con la siguiente intención: escuchar qué desafíos extras tenían en la profesión. Río de Janeiro es una ciudad que se transforma por las noches, no es seguro andar sola a partir de las 23:00h – 00:00h (cuando las calles comienzan a vaciarse), y ellas suelen trabajar hasta las 22:00h como mínimo. Aún queda la vuelta a casa, con todo el trabajo a cuestas y, en general, con una distancia a recorrer que no es nada corta (muchas personas que venden en las zonas más caras de la ciudad suelen vivir en la periferia). Sin más rodeos, salí a mi barrio, Copacabana, para aprender de esas historias que tenía al lado.

Maria Virginia Burga Santa Cruz es de Ecuador, lleva dos años y medio trabajando como vendedora ambulante en Rio de Janeiro. Vive en la favela de Cantagalo, en Copacabana, donde paga 700 reais (unos 150 euros) por un cuarto en el que duerme con su marido, su otro hijo, la novia de su hijo y dos nietos; su otra hija también está en camino desde Ecuador. En su país trabajaba con la venta de artesanías, pero dejó de generar ingresos y la deuda en el banco no paraba de crecer. En Rio seguía vendiendo las artesanías a las que le había dedicado toda su vida.

— No hemos estudiado, por eso estamos sufriendo así. Mi hija, Tatiana, se quedó sola en Ecuador porque no queríamos que dejase de estudiar, pero se está quedando muy flaquita porque no come bien, me decía María con el tono de voz cada vez más bajo. Está cansada de estar sola y ha decidido venir para Brasil; tan solo tiene dieciocho años. Mi otro hijo, de veinte años, vino con nosotros hasta aquí, pero volvió a Ecuador porque empezó a consumir mucha droga y tenía que salir de ese mundo. Ahora está allí cosiendo pantalones. 

Le pregunté qué era lo más difícil de su oficio y no dudó: 

Nunca sé cuánto voy a ganar. Puede ser 100, 80, 40 reais por día (desde 20 hasta 8 euros por jornada), que no alcanza ni para comida para todos. Todos trabajamos en la calle, juntamos el dinero al final del día para pagar el alquiler y poder comprar alimentos. 

Dos semanas después, al pasar por la misma calle, vi una chica de lejos. Sabía que era su hija. Me paré a charlar con ellas y Tatiana me dijo qué le rondaba por la mente:

—Quiero estudiar, pero no sé cómo. Mis padres tampoco saben. Primero tendré que aprender portugués, ¿no? 

Ella comenzó a trabajar con trece años en el negocio de artesanías familiar, mientras que estaba en el instituto. Ahora le espera ayudar a sus padres de 12:00h a 19:00h todos los días. Me preguntaban ansiosas cómo había conseguido estudiar aquí, cuál era mi universidad, si había prueba de acceso, etc. También esperaban la respuesta de un amigo que les prometió ayuda con los papeles que necesitarían para que su hija pudiese, al menos, acceder a las difíciles pruebas de la facultad pública. Se les presentaba todo un reto: darle educación a Tatiana.

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Rosi Esmerín do Souza, más conocida como “la manicuri de la calzada” lleva haciendo uñas y trencitas desde que tenía quince años y no ha cambiado nunca de trabajo. Sus cuatro hijas también trabajan en el mismo oficio, es un negocio que se ha pasado de generación en generación”, me decía orgullosa mientras me mostraba a su familia en Facebook.

Ella vive en la favela de Babilonia, Río de Janeiro. Vivía en Baixada Fluminense, —una región de clase media- baja a dos horas de la capital—, pero por problemas familiares, que nos contará más tarde, tuvo que marcharse. Al preguntarle qué era lo más difícil de trabajar en la calle, me respondió: 

La policía. Ellos se piensan que nosotros somos unos vagabundos, cuando lo único que hacemos es intentar ganarnos la vida dignamente. Se empeñan en decir que estamos ocupando un espacio público pero ni se paran a pensar en que yo no estaría aquí si tuviera acceso a un trabajo fijo. Ya hice varias entrevistas en centros de belleza, pero ellos nunca llaman. Yo aprendí el oficio con mi tía, no tengo más estudio que mi experiencia. ¿Me prostituyo, robo o vendo drogas? Ganar dinero honestamente en nuestro país está mal, insistía. 

Ella hablaba maravillas de su ciudad al mismo tiempo que la condenaba (esa relación amor-odio que suele generarte Brasil). “Es un lugar en el que la gente viene porque se siente libre, aquí puedes hacer lo que no puedes en tu país. Pero es un país de hipocresía. ¡Hay tantas cosas mal hechas!”, reclamaba. Seguía explicándome que su presidente era miliciano, como la mitad de los que había sentados en el gobierno, que las condiciones en el hospital no hacían más que emporar y que ellos, los ciudadanos, cada vez pagaban más impuestos. “Falta todo”, me decía.

Mientras me hacía la manicura, la conversación se tornó mucho más personal y profunda. Comenzó a hablarme de su infancia:

—Con ocho años me fui a vivir con mi tío porque mi padre era drogadicto y me maltrataba. Mi madre nunca me dio mucha importancia. Al poco tiempo de estar viviendo en la casa de mi tío fui violada por él y después por sus hijos. No tuve más opción que irme de esa casa y vivir en la calle. Tenía entre unos nueve o diez años y me quedé sola. Tampoco quería decirle nada a mi tía para no causar problemas entre ellos y me alejé de mi familia sin dar mucha explicación. Por eso ahora vivo aquí, a dos horas de la comunidad donde vive toda mi familia. 

Le pregunté cómo habían sido sus relaciones con otros hombres después de esas experiencias tan complicadas de superar:

—Aún tengo un trauma enorme y siempre lo dejo bien claro: me tocas si yo quiero que me toques. Cuando mi madre supo que estaba viviendo en la calle buscó un chico para mí, con el que empecé una relación a los once años. Me casé y tuve a mis dos primeras hijas. Él se murió en un accidente de moto y después conocí a otro chico con el que pasaría diecisiete años. Con el segundo continuó mi mala suerte: me pegaba cuando llegaba borracho a casa. Ellos creen que eres suya, de su propiedad. Ahora estoy conociendo a otro chico, después de haber pasado mucho tiempo sola. Soy muy independiente y no necesito a ningún hombre a mi lado. Nos vemos de vez en cuando, él vive en su casa y yo en la mía. Por ahora, estoy conociéndolo y no quiero ni prisas ni obligaciones. 

No podía creer todo lo que «la manicuri de la calzada» había pasado. Y aún tenía una sonrisa enorme para todos. Ser mujer, negra y pobre en Brasil supone vivir en una situación de vulnerabilidad que cuesta mucho digerir. Le repetía lo fuerte y lo valiente que era y, con una sonrisa irónica, me dijo: mi vida es para escribir un libro.

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Susana Cenados es haitiana y tiene 34 años. Le pregunté por qué había venido hasta aquí y su respuesta fue el silencio y una mirada perdida. Luego soltó un “por necesidad”, como para darme algo que anotar en mi libreta. Entendí de golpe y porrazo ese refrán que dice que «el silencio habla más que mil palabras».

Vive en el norte de la ciudad y hace cincuenta minutos en autobús todas las mañanas para llegar a la playa de Copacabana. El único apoyo en Brasil es su marido y sus cuatro hijos están en Haití, que se sustentan con el dinero que ella les manda y con la venta de periódicos. Lo que más le molesta de su trabajo es cuando “las personas preguntan por el precio y todo les parece caro” y cuando se pelea con otros vendedores porque “no tienen espacio suficiente en la calle”. 

Margaret Suárez vive en la Zona Norte de Río, lleva tres años con su puesto ambulante en Copacabana pero toda su vida la dedicó a las artesanías. Vendía, sobre todo, en mercadillos. Me llamó mucho la atención su manera en la que se presentó: 

—Soy actriz y artista, estoy acostumbrada a las entrevistas.  

Me explicó que trabajaba ahí porque quería, no porque estaba desempleada. «Yo soy lo que quiero ser, siempre tuve ofertas de empleo, soy graduada, pero quería dedicarme a las artesanías”, me aclaró. Le pregunté qué había estudiado y me respondió: inglés y portugués. También fue profesora, pero “por poco tiempo” y “actriz desde hace veinte años”. Minutos después se contradijo: 

Me encantaría ganarme la vida actuando, pero me tengo que operar de la vista porque no puedo leer bien. Aunque solo sea actriz, hago de todo: canto pero no quiero ser cantante; no soy profesional pero creo que tengo talento para el baile y sí que me gustaría ser bailarina. Siempre me encantó el ballet pero mi madre nunca me apuntó a clases. Ahora sobrevivo con la artesanía. Gano lo suficiente para pagar la casa y comer. Para nada más. En un día puedo ganar entre 10 a 50 reales (entre 2 a 11 euros) más un dinero fijo que me da un chico por cuidar y vender sus azulejos.

—¿Qué es lo más difícil de trabajar en la playa?, pregunté. 

—La convivencia con las demás personas (comenzó a hablarme mal de Rosi, “la manicuri de la calzada” —sin saber que yo la había entrevistado —). Aquí cada persona tiene una educación, convives desde con pobres hasta con personas con estudios, se podría decir que es un choque cultural fuerte, pero yo ya sabía eso cuando elegí trabajar aquí. Tienes que hacer amistad pero no esa amistad de ir a la casa de alguien. 

Curiosamente, en las entrevistas anteriores, al preguntar si habían sentido miedo alguna vez yendo solas por la calle o si habían tenido problemas para trabajar mientras cuidaban a sus hijos, no recibía ninguna respuesta reivindicativa. A Margaret ni le pregunté cuando me dijo:

—Las mujeres no tienen mucha suerte aquí: ganan poco. No venden lo suficiente, porque no tienen el mismo tiempo libre que los hombres. Ellos se pueden dedicar al 100% en su trabajo mientras que nosotras tenemos que estar siempre dividiendo nuestro tiempo. Yo estoy viuda y no tengo hijos, así que suelo tener más tiempo que el resto de mujeres que trabaja en esta calle.

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Elegí a las cinco mujeres que más me hicieron reflexionar para escribir el artículo. Elizabeth me dio una entrevista muy diferente al hablarme con una sonrisa de oreja a oreja durante toda la charla. Ella había llegado a Río hace más de treinta anos, sus hijas eran brasileñas. Le brillaban los ojos cuando me explicaba todo lo que le había dado la ciudad y me decía que trabajar con esas vistas era un privilegio. 

— Todos los clientes quedan encantados con mis platos. Me levanto a las cinco de la mañana todos los días y voy directa a la cocina. Para la hora del almuerzo ya estoy en la playa con mi nevera llena de platos tradicionales peruanos, que vendo entre 10 y 15 reales (entre 2 y 3 euros). También tengo un bar en mi casa y abro los fines de semana y, a veces, por las tardes. Me encanta recibir a gente y hacerlos sentir como en su casa. Es un rinconcito peruano en Río, siento el calor de las personas y eso me hace muy feliz. 

Me transmitió, de forma dulce y cariñosa, sus ganas de trabajar y de vivir. Mientras me enseñaba en sus redes sociales tanto fotos de su comida como fotos con amigos en el bar, le pregunté si en algún momento había pensado en volver a su país:

— Cuando llegué fue difícil, no te voy a mentir. Llegar a tener mi propia casa y poder darle a mi familia una educación han sido años de trabajo sin parar. Quizás al principio sí que extrañaba más mi hogar. Ahora mi hogar está aquí. Cuando vamos a Perú nos sentimos visitantes, está bien para pasar tiempo con la familia que se quedó allí pero siempre vamos con billete de vuelta.

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Viviana Nunes es de Belo Horizonte (otra ciudad de Brasil), tiene 29 años y es madre soltera. Todos los días coge dos buses para llegar hasta Copacabana, con su artesanía a cuestas y con su hija en el carrito. La bebé lleva desde los 18 días acompañando a su madre en las ventas. Fisicamente, parecía muy cansada, tenía ojos de haber dormido muy poco.

¿Cómo tienes tiempo para todo?, le dije sorprendida al ver a la bebé en el carrito, toda su comida, pañales y juguetes en el bolso y esa cantidad de trabajo hecho a mano (pulseras, collares y blusas):

—Paso mucho tiempo aquí en la playa y cuando la pequeña duerme o está tranquila aprovecho para hacer mis trabajos. Mis blusas requieren mucho tiempo, puedo estar unos tres días para hacer una simple, de un solo color, y unos nueve días para las que tienen flores o más de un color. Llego aquí a las nueve de la mañana y vuelvo a casa bien tarde, porque el horario en que hago más ventas es siempre a partir de las nueve de la noche.

Aunque tenía una mirada apagada, me dijo que adoraba su trabajo. «Prefiero trabajar haciendo lo que me gusta, artesanías, antes que ser una esclava y trabajar para otros», aclaró. «En la playa se trabaja bien, conoces a todos los vendedores de tu alrededor y creas un vínculo bonito con ellos». No estaba sola en el cuidado de su hija, tenía a amigos «que la ayudaban mucho» y, en buena compañía, el tiempo en la playa se le pasaba volando.

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Delia Vargas Fuentes