Pablo D’ORS: Entusiasmo. Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2018), 434 páginas.

         A
MEDIADOS DEL siglo XVI, una carmelita española y un jesuita italiano
construyeron dos espacios similares aunque diferentes. Uno fue El castillo interior de Teresa de Jesús
y el otro El palacio de la memoria de
Mateo Ricci. Ninguno de aquellos espacios era exterior y por lo tanto
mensurable; pero el palacio de Mateo Ricci fue construido para albergar
infinitas cosas, mientras que el castillo de Santa Teresa tan sólo atesoraba lo
insondable infinito. No puedo dejar de pensar en la carmelita española y en el
jesuita italiano siempre que leo una nueva entrega de Pablo d’Ors, porque en
cada uno de sus libros Pablo deshabita un espacio distinto, como si quisiera vaciar
El palacio de la memoria para
convertirlo en El castillo interior.
Así, en la quinta nouvelle de sus Lecciones de ilusión (2008) -«El arte de
la soledad»- Pablo d’Ors escribió “el hombre que es feliz crea espacios para la
felicidad; pero ninguno de esos espacios es la felicidad”; en El amigo del desierto (2009) leemos “el
éxtasis, el verdadero éxtasis, sólo puede brotar del desprendimiento y
vaciamiento al que todo desierto parece evocar y llamar”, y en El olvido de sí (2013) -diario del despojamiento
del vizconde Charles de Foucauld- Pablo d’Ors nos propone la imagen del
sagrario vacío como espacio predilecto de Dios, “el mejor símbolo de lo que me
aguardaba fuera”. En realidad, «dentro» y «fuera» son los espacios por los que
se mueve Pablo d’Ors y entre ellos deseo dilucidar el «lugar» de Entusiasmo, la obra que hoy nos convoca.

         Entusiasmo es la primera novela de la
cuarta trilogía -la del Entusiasmo- en las que Pablo d’Ors ha dividido su obra.
La primera trilogía -la del Fracaso- está compuesta por El estreno (2000), Las ideas
puras
(2000) y Contra la juventud
(2015); la segunda trilogía -la de la Ilusión- por Andanzas del impresor Zollinger (2003), El estupor y la maravilla (2007) y Lecciones de ilusión (2008); y la tercera trilogía -la del
Silencio-  por El amigo del desierto (2009), Biografía
del silencio
(2012) y El olvido de sí
(2013). Los personajes de la primera trilogía -donde no hay que olvidar que el
autor ha incrustado una novela publicada en 2015- son lectores exquisitos de
Kafka o Nabokov, cuando no escritores como Thomas Bernhard, Milan Kundera,
Günter Grass, Wolfang Goethe, Fernando Pessoa, Martin Heidegger, Karl Husserl o
Ludwig Wittgenstein. Por otro lado, los personajes de la segunda trilogía de
Pablo d’Ors descubren el sentido de sus vidas explorando el mundo interior de
una ciudad minúscula, recorriendo las salas de un mausoleo cultural o
penetrando en las entrañas de un sanatorio mental. Finalmente, las voces
narradoras de la tercera trilogía emprenden una búsqueda espiritual «saliendo»
al desierto, viajando por sus territorios interiores o desprendiéndose de los
lastres de la vanidad del mundo, pues “así como no poder pensar es una
debilidad, poder no pensar es, ciertamente, una fortaleza”. Quiero creer que la
primera trilogía transcurre en El palacio
de la memoria,
constelada de libros, autores y lecturas. La segunda
trilogía serían las cartografías del abandono del palacio, que desde la
perplejidad exterior se perciben como ciudad, museo o casa de reposo. Y la
tercera trilogía es El Castillo Interior que
Pablo d’Ors construye con los materiales intangibles del desierto infinito, el silencio
unánime y la plenitud en la ascesis. ¿Qué sería entonces la cuarta trilogía? Si
recordamos que “el hombre que es feliz crea espacios para la felicidad; pero
ninguno de esos espacios es la felicidad”, lo esencial es la ilusión que lo
posee, la fe que lo habita, el Entusiasmo
que lo anima a seguir creando.

         Pido
perdón por el largo excurso que he urdido para situar la nueva novela de Pablo
d’Ors, pues me resultaba imposible hablar del comienzo de su cuarta trilogía
sin aludir a las tres primeras y sin dilucidar el posible secreto de su orden. Ahora
pienso que Entusiasmo las cifra y las
decanta, porque la épica íntima del joven Pedro Pablo Ros -gracias a la sabia escritura
de Pablo- se convierte en una poderosa aventura literaria que dialoga con los
grandes relatos que conocemos sobre la educación sentimental, el descubrimiento
de la vocación poética o la exploración de los abismos de la condición humana.

         Me
parece maravilloso que exista una novela que narre el nacimiento de la vocación
religiosa, la epifanía de la llamada espiritual y la travesía de esa renuncia
que a la vez aspira a lo absoluto, pues me produce una profunda fatiga contemplar
la vertiginosa multiplicación de propuestas empeñadas en construir nuevos
arquetipos de maldad y perversión en formato serie, novela o película en
contextos históricos, modernos o distópicos y encarnados por criaturas
resentidas, desadaptadas, malignas o sencillamente nihilistas. Por eso celebro
la publicación de Entusiasmo, porque Pablo
d’Ors nos demuestra cómo en estos tiempos que corren la humildad puede ser
trasgresora, la piedad alternativa y la generosidad contestataria.

Entusiasmo es la primera novela de una trilogía que narra la «fábula mística» de Pedro Pablo Ros, porque Michel de Certeau nos enseñó que los místicos construyen espacios que son los no-lugares donde se revela el «resto» -es decir, lo «otro»- como lo intuyó Ángel Darío Carrero en un poema que tituló precisamente «En espera del resto» y a quien convoco porque Pablo lo quiso tanto como yo:

Poder ser

como el agua
de la fuente

que se
explaya jubilosa

en el ara de
la sed

o como la
sombra

que derraman
los árboles

                   o esperar

tan sólo esperar

a que sobre
la hierba

se recueste

callada y
serena

                   la vida

y nos
entregue el resto

         Estoy
persuadido de que Pedro Pablo Ros recorrerá el camino que separa El palacio de la memoria de El Castillo Interior, porque el Entusiasmo es el camino que nos da la
sensación de tener “la vista en un horizonte y los pies en un sendero, en un
método, en un quehacer”. Así, en esta primera entrega hemos conocido el
entusiasmo que impregnaba su fervor, sus flaquezas, sus contradicciones y su fe
inmensa, pero el entusiasmo del joven Pedro Pablo Ros dialoga con los
entusiasmos del padre Aureliano, del padre Emiliano, del padre Faro y del padre
Pita, cuatro figuras que fueron decisivas para el seglar, el seminarista, el
sacerdote y el misionero que galvanizaron entre todos al escritor que a la
vuelta de su misión en Honduras sentenció rotundo: “…más tarde descubrí que
también un escritorio puede ser un campo de batalla y, lo que es peor, que
también una misión en el tercer mundo puede ser un campo seguro y perfecto, incólume
y bien equipado, donde el misionero, bien atendido y alimentado hasta reventar,
es servido por su feligresía como un pequeño dios. No es fácil saber de
antemano cuándo hay que coger la pluma, la azada o el rosario”. ¿Debería añadir
que la pluma, la azada y el rosario encarnan las tres trilogías que perfuma el
entusiasmo?

         Como su admirado Herman Hesse, Pablo d’Ors también ha dedicado su obra a contarse a sí mismo. En sus primeros libros el palacio de su memoria era una fastuosa biblioteca que reunía todas las lecturas y todos los autores, pero en los títulos siguientes Pablo fue vaciando las estanterías para instalarse en la soledad unánime de un museo interior que al mismo tiempo es un desierto, donde reza y medita como Salmerón en la caravana de los Gregory, como el padre Faro aferrando el rosario secreto de su chaqueta o como El peregrino ruso que visitó remotos países buscando maestros de oración, hasta que los más humildes le enseñaron a decir Itaralá.

Fernando Iwasaki