Un collage de imágenes y reflexiones sobre estas siete semanas de confinamiento

Fotografías y textos por Delia Vargas, Valme Pardo y Nerea Larrinaga

 

Delia, día X: Ese pellizco en el pecho viene y va como le da la gana. Los sentimientos entran con fuerza y de golpe, desequilibrando a su antojo, y es paradójico ver cómo somos capaces de sentir tantas cosas diferentes aun estando entre cuatro paredes. Indago para descubrir el porqué del pellizco. Aunque tengamos clases online o trabajo telemático estamos ahorrando mucho tiempo: ya no esperamos el bus ni nos arreglamos, podemos comer o jugar con el perro mientras escuchamos al profesor, y los descansos para el café los marcamos nosotros. ¿Cuándo hemos sido tan dueños de nuestro tiempo? Creo que estamos tan mal acostumbrados a que nos guíen en nuestro día a día que cuando ganamos autonomía nos asustamos. No es tan fácil como parecía organizarse y saber escoger qué hacer con tu tiempo. Hay muchísimos estímulos. Sentimos la necesidad de estar conectados todo el día, como si nuestra existencia pendiese de nuestras interacciones en el mundo digital.

 

 

Nerea, día X: La noción del tiempo parece haber cambiado. Ya no soy consciente del paso de horas o días. No se acumulan. Pero, en el lugar de esas pautas, siento que han aparecido otras maneras que han conseguido que miremos al reloj, al calendario. Para mí, la guía durante el día ha sido la cita de las 8 para aplaudir: “ya mismo vamos a estar aplaudiendo”, dice Leire; “eso lo vemos después de los aplausos”. Otro “shock” temporal fue el del cambio de hora en nuestros relojes. Pasar de aplaudir en la oscuridad a ver cada cara del vecindario. Luego, supongo que cada cual habrá desarrollado ciclos temporales de experiencias más personales que le hayan hecho sentir el tiempo que llevamos encerrados. En mi caso, dos periodos, ¡¿en serio dos reglas han pasado ya?! Pues sí, eso parece.

 

 

Valme, día X: Cuando me llegó un mensaje de aviso para que donásemos sangre en Dos Hermanas ni me lo pensé. Allí me planté con más ganas que nadie de esperar a que llegase mi turno y poder dar las “gracias” de alguna manera. Todo lo que vives cuando llevas cincuenta días en casa es exponencialmente más intenso y aquello para mí lo fue. Me tumbé en aquella camilla azul y apareció la sanitaria que me atendió. No supe su nombre, su EPI me impidió verlo, pero será la mejor de su promoción, aunque ella se excusara con un «todavía estoy empezando y cometo errores que me dan mucho coraje». Me quité las gafas empañadas por la mascarilla y me inundó la nubosidad que generan casi 5 dioptrías de miopía, mirando al techo, rodeada de gente que no conocía y con el eco del lugar, me catapulté a IFEMA. Sentí un escalofrío pensando en lo que miles de personas habían tenido que sufrir durante días. Me pareció que tenía los pies en el suelo estando en una camilla y se me escapó una lágrima.

 

 

Nerea, día X: En casa ya no soy la única que grita lo que siente. Me explico. Creo que estas siete semanas han propiciado un mayor deseo de comunicar lo que sentimos o pensamos. Se le da importancia a verbalizar cosas que antes quizás se guardaban. Fuera por falta de tiempo o porque había un episodio que había ocupado nuestro día que era más prioritario comentar en la cena juntos. Quino y Mafalda estarían orgullosos. Por primera vez en la vida, parece que se ha dado una vuelta a aquello que ellos decían de: “Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante”. Curioso. Hay menos cosas urgentes, así que hablamos más de lo importante. Qué lujo en medio de este vendaval.

 

 

Delia, día X: Llegué a la conclusión de que el pellizco en el pecho podría ser consecuencia de una infoxicación. El tiempo diario que empleo en Instagram ha subido bastante durante el confinamiento, el escritorio de mi portátil está más sucio que nunca y tengo mil pestañas abiertas en el navegador. Vivir en zona rural es un privilegio en estos tiempos. Ayer pude leer, escribir y comer al aire libre, y ni un rastro de aquel pellizco. Dejar el móvil lejos y estar presente en ti y en tu entorno borra todas las tonterías. Esta crisis nos está quitando mucho: personas, libertad, sexo… pero nos está dando la oportunidad de observarnos un poco más. ¿Qué es lo que necesitas para sentirte bien, cómodo? Si no encuentras una respuesta clara, este es el momento para buscarla. Hay una frase de Mandy Hale que dice: “hasta que no te sientas cómoda estando sola, nunca sabrás si estás eligiendo a alguien por amor o por soledad”.

 

 

Valme, día X:  Siempre he querido tener una hamaca que cuelgue entre dos árboles en el patio de mi casa. Aunque no tengo dos árboles, tuve que conformarme con un naranjo y la reja de la puerta del propio patio. Allí la colgué, me tumbé y me dio paz. El buen tiempo ha jugado un poco con nosotros que ya sabemos que, en abril, aguas mil. Todo este tiempo te paras más, te sientas más, miras más al cielo. Haces todo aquello que te hace sentir mejor, más libre, más cerca de la gente. Cantas y te cantan cumpleaños feliz varias veces, porque alguna de ellas es por videollamada.

 

 

Valme, día X:Mimi, ¿Crees que para nuestro aniversario estaremos fuera?-¡¡¡¡APERITIVO TIME!!! -¿¿¿¿¿Dónde están mis cascos???? – ¡Quieto todo el mundo! -La compra se queda fuera y le voy dando con el espray de lejía y vosotros lo guardáis.

Todas estas exclamaciones, interrogaciones, afirmaciones, peleas y vaciles no son más que cuatro personas, alguna de ellas ya acostumbrada a la independencia, volviendo a vivir juntas. Hemos gritado porque según mi madre: “nuestra familia siempre ha tenido un torrente de voz alto” y porque somos “excesivamente pasionales”, pero también nos hemos reído mucho.

 

 

 

Nerea, día X: Estamos pasando más tiempo que nunca en un sitio, que es a la vez también, más pequeño que cualquiera de los que antes habíamos frecuentado. Más horas para mirar los mismos rincones. Siento que eso ha disparado nuestra sensibilidad. Creo que esta es de las pocas lecciones que perduraran en el tiempo -No puedo negar pensar que del resto nos olvidaremos pronto, ojalá me equivoque-. Volviendo a la sensibilidad disparada, los pájaros se escuchan más. Las conversaciones en el barrio resuenan más fuerte que antes. La terraza tiene una gama de colores más amplia de lo que creía. Veo más texturas diferentes a mi alrededor. Importan más los sabores y olores también. La freiduría de abajo de casa la noche de “El Pescaíto” casi me emociona. Pienso que cualquier estímulo nos remueve ahora en mayor proporción a lo que antes lo hacía.

 

 

Delia, día X: ¿Y el sonido del silencio? El consumo de televisión ha aumentado un 38% y las redes sociales están que arden. Una necesidad irracional nos lleva a abrir Facebook, Twitter, Instagram… hemos automatizado el movimiento repetitivo de nuestro dedo pasando de una story a otra. El nuevo método para “desconectar” es bombardear nuestra cabeza de imágenes aleatorias — sin pararte a observar mucho ninguna de ellas — mientras dejamos la mente en blanco. Ni siente ni padece. Y dirás, “bueno, tan malo no será cuando es lo que te piden que hagas en yoga: dejar la mente en blanco”. Pero la diferencia es que en el yoga esos quince-treinta minutos de meditación son exclusivamente para ti, no para los otros. Y tampoco estás en blanco, sino que reflexionas de manera consciente, en silencio.

 

 

Nerea, día X: Mis impulsos anti-pantallas han crecido exponencialmente desde que esta crisis empezara. Ya es una realidad: he desarrollado un peligroso rechazo. Como si pudiera prescindir de ellas. Qué faena. ¿Por qué todo el mundo “videollama” y no simplemente llama? No sé cuántas personas pasan al cabo del día por mi cuarto, da igual el tipo que relación que tengamos. No tengo nada que esconder, pero me inquieta ver ese espacio que antes ligaba a mi intimidad, usado indiferentemente para cualquier actividad. Teclear una conversación de terraza se me hace cuesta arriba y tener que mantener la compostura delante del ordenador durante horas, un mundo. Mi perfil de Instagram dice que paso la mitad del tiempo ahí de lo que solía pasar antes de que llegara el bicho. Me he dado cuenta de que entro para compartir algo que me haya gustado e inmediatamente me salgo. No quiero leer qué dice el resto ni investigar en perfiles que antes buscaba “para inspirarme”. Recurro al chat individual para preguntar a quienes me importan, qué tal les va y los medios convencionales para informarme, pero sumergirme en esas redes donde tanto me gustaba bucear ya me acelera demasiado. Confío en que, a la vuelta, las pantallas y yo nos demos un tiempo y acabemos haciendo las paces. A ver qué va a ser de mí si no.

 

 

Valme, día X: Desde que el virus entró con seriedad en nuestras vidas y el silencio se hizo amo de las calles he ido viendo como todo lo que sucedía a mi alrededor iba a cámara lenta. Mientras que escribo esto, tan cerquita del “final”, algo por dentro se remueve y no me deja ver la pantalla del todo. Supongo que todo el mundo piensa lo mismo, nadie te prepara para los momentos más complicados de una vida. Nadie nos pudo avisar de que nuestra libertad se pudiera escapar de las manos como el aire a Rocío Jurado, sin poder sujetarlo. Adaptarme, mi tarea.  Durante las tres o cuatro primeras semanas me dormía deseando que fuera un sueño. Al levantarme el chasco me podía, pero esto acabó desapareciendo. Supongo que es el tiempo que tardé en procesarlo.

 

 

Delia, día X: Cosas que me ayudan a estar cómoda: trabajar con pocos trastos a la vista, apagar el ordenador por las noches y mirar al sol. Mirar al sol —y cerrar los ojos— siempre sana. Parece que te empuja a seguirle el ritmo: pautado, atento y delicado. Él no tiene prisas para esconderse detrás de la montaña, sabe que llegará allí en unas horas y que mañana nos saludará de nuevo. Ojalá poder copiarle esa calma al sol. Sería increíble quitarnos ese maldito vicio de querer acelerar las cosas, presionarnos y ser siempre productivos. Producir y producir. Incluso cuando nadie nos ve, nos importa el qué dirán. Pero si paras, te das cuenta de que la vida sigue su rumbo sin grandes cambios. No somos más que pequeñas hormiguitas aparentando ser leones.

 

 

Delia Vargas, Valme Pardo y Nerea Larrinaga