Es indudable que uno de los retos principales que tiene la sociedad internacional en la actualidad es el auge del populismo, o populismos. Algunos de los principales ejemplos son la victoria de las ideas del Brexit, Trump, Bolsonaro o el auge del nacionalismo euroescéptico en la amplia mayoría de países europeos. 

En esta línea, los medios parecen fácilmente capacitados para catalogar de populistas a líderes, partidos, o movimientos sociales, frente a la normalidad que ofrecen los partidos u líderes convencionales. Sin embargo…¿Es realmente el populismo fácil de definir e identificar?

Populismo como ideología

Son muchas las voces que se suman a catalogar al populismo como una pura ideología imperante en la actualidad. La idea principal de este ideario, tal como apuntó el politólogo Cas Mudde en 2004, es la de hablar de populismo como una “delgada teoría”. En dicha teoría la sociedad está separada en dos grupos homogéneos y antagonistas, el pueblo contra la élite corrupta, en donde los políticos deberían ser una expresión de la voluntad general de la gente. Se entiende igualmente que el populismo como ideología no se mantendría por si solo. Éste necesariamente debe ir de la mano de otras ideologías, tales como el liberalismo, socialismo o conservadurismo, entre otros. 

Sin embargo, a pesar de ser una ideología que se capta fácilmente, ésta concepción tiene más críticas que apoyos. Las ideologías se caracterizan por la coherencia de éstas, su estructura teórica y su ideario. El populismo como ideología es intrínsecamente flexible, camaleónico y dependiente de la existencia de otra ideología. Puede que el populismo socialista o el populismo nacionalista sea fácil de entender, pero el populismo por si solo no parece terminar de encontrarse. 

Finalmente, que no haya una base teórica como si puedan tener otras ideologías, o que ningún líder o partido político se consideren populistas, son contrapesos a tener en cuenta a la hora de catalogar al populismo de ideología. Recordemos que partido populista por sí no existe, teniendo como única referencia el Partido del Pueblo en Estados Unidos en 1891.

La retórica populista

Se encuentra un mayor consenso, tanto en la academia como fuera de ésta, para entender al populismo como una retórica, una manera de hacer política. La importancia de la dimensión moral que se usa con ciertos términos es esencial. La voluntad del pueblo más que la voluntad general. La élite entendida por muchas otros aspectos negativos más que meramente corrupta (interesada, clientelista, cerrada, alejada…etc.). Como decían los autores Hawkin y Kaltwasser en “The Ideational Approach to Populism” en 2017, el populismo ve una dualidad que está en constante lucha entre lo que se conoce como las fuerzas del bien (el pueblo) y las fuerzas del mal (las élites, el establishment, empresas transnacionales…etc.) tal y como si de una paranoia política se tratara.

Otro de los puntos clave es el estilo; quizás la cuestión más relevante para entender algunas de las controversias actuales. El estilo usado en los discursos populistas suele apelar a la gente, a aspectos más emocionales. Éste es comúnmente directo, apelando al “sentido común”. Hay una estrategia política compartida donde hay gran peso en la figura de un líder electoralista y oportunista respecto a los temas que más preocupan (aparentemente) en la sociedad. El uso de la demagogia y las soluciones simples a problemas complicados podría así culminar la descripción del populismo como retórica. 

 ¿Cuándo calificar de populismo?

Ésta es quizás entre los círculos de académicos la pregunta del millón. A la hora de calificar de populismo se encuentra cierto consenso en los puntos mencionados. No obstante, la flexibilidad de estas características hace fácil su adaptabilidad a diversos partidos y líderes políticos, siendo populismo un término cada vez más general y subjetivo. La clave actualmente sería identificar características determinantes y no puntuales en los populismos, tales como el uso de la demagogia o el estilo y lenguaje usado. 

Sin embargo, aquí se quiere reflexionar sobre su sobreuso como calificativo. Podría ser que el uso continuado de populismo como etiqueta política estuviera encubriendo la ideología que hay de fondo. Del mismo modo, se equiparan ideologías dispares bajo el lazo imaginario del “discurso populista”, creando un vínculo inexistente entre los nuevos nacionalismos y los discursos de la nueva izquierda. Este último podría ser el caso de la equiparación populista que públicamente se hace entre Donald Trump y Bernie Sanders en los Estados Unidos, o Boris Johnson y Jeremy Corbyn en el Reino Unido. 

Se puede ser populista como se puede ser demagogo, oportunista o políticamente incorrecto. La cuestión es que el mero adjetivo que califica la manera de hacer política no debería encumbrar la ideología que hay detrás, precisamente porque deja una realidad bastante ambigua. Debemos de entender como sociedad que el auge del populismo es uno de los principales retos que tenemos que asumir por su impacto en la vida política y social, pero siendo igualmente conscientes de las ideologías a las que dichos populismos aúpan.

Guillermo Rylance