Phil CAMINO: La memoria de los vivos. Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2019), pp. 212. 

La memoria de los vivos es la historia sui generis de una excéntrica familia que no es ni española ni mexicana ni irlandesa, pero que podría ser cualquiera de las tres. A diferencia de la novela americana, rica en la reconstrucción novelesca de poderosos linajes nacidos tras la Guerra Civil de los Estados Unidos -pienso en los Mars, los Mellon, los Huntington o los Rockefeller-, en España apenas existen narraciones literarias dedicadas a las grandes familias. La excepción que confirma la regla sería Nosotros, los Ybarra (2003) de Javier de Ybarra; título que homenajeaba a Nosotros, los Rivero, la novela con la que Dolores Medio ganó el Premio Nadal en 1952, pero que no narraba la historia de una familia sino la de una ciudad: la Oviedo de postguerra.

En realidad, La memoria de los vivos es un cuerpo extraño dentro del organismo literario español, porque hilvana varias historias que la mayoría de autores españoles desdeña. A saber, la historia de un estamento social, una historia transnacional y la historia de la creación de la riqueza.

Cuando Mayra Myagh Trápaga encontró en el secreter de su madre la carta del abuelo Ángel, los nietos del antiguo emigrante, ferretero, empresario, terrateniente y petrolero ya eran poseedores de una fastuosa riqueza que desde la cuna los había exonerado de fatigas y oprobios. Los Myagh Trápaga no eran ni nobles ni aristócratas, sino representantes de una clase social que no tenía equivalente en la todavía España estamental de principios del siglo XX: eran burgueses. La burguesía española fue alumbrada por la unión matrimonial de nobles y aristócratas con los nuevos ricos de la industria y el comercio, fenómeno que explica la supervivencia de tics estamentales; pero los Myagh y los Trápaga fueron self-made men ejemplares e historias burguesas como las suyas no tenían todavía predicamento literario en España hasta la publicación de este libro de Phil Camino.

Por otro lado, la historia de la burguesía no equivale a la historia de las naciones, como barruntó Marx en el Manifiesto comunista. ¿Por qué solamente los obreros no deberían tener patria? El dinero tampoco tiene patria y las burguesías exoneradas de las cochambres nacionalistas y estamentales mucho menos todavía. Los Myagh eran irlandeses, los Trápaga españoles, los patriarcas de ambos linajes se enriquecieron a caballo entre México y los Estados Unidos mientras se convertían en accionistas de bancos británicos, capeando así las vicisitudes de guerras civiles, conflictos limítrofes, revoluciones campesinas y guerras mundiales. Al escribir el relato de una familia transnacional del siglo XIX, Phil Camino ha estampado una bellísima nota a pie de página en la historia de la globalización, ese fenómeno que no es ninguna novedad porque ya Pablo de Tarso era un ciudadano romano que nació en la comunidad palestina de una ciudad griega dentro de la antigua Persia. En España contamos con grandes novelas sobre familias gallegas, asturianas, catalanas o andaluzas que se mantienen igual de gallegas, asturianas, catalanas o andaluzas en Rusia, Canadá o Argentina, pero lo extraordinario de La memoria de los vivos es contemplar cómo la emigración del siglo XIX propició en América Latina algo que en España recién ha aparecido en el siglo XXI gracias a la crisis y a las becas Erasmus: la hibridez, los mestizajes y la transnacionalidad. Mi propia familia ya era peruana, japonesa, italiana y ecuatoriana antes de ser española y también alemana, como todo el mundo. Parafraseando a Nietzsche, engendramos centauros, y por eso la novela de Phil Camino me concierne: porque habla de nosotros, los centauros.

Finalmente, la épica del dinero y la riqueza no es del agrado de la sociedad española, donde curiosamente el lujo sí ejerce una poderosa fascinación. Así, el exitoso empresario que quiera donar equipos médicos a la Seguridad Social siempre será acusado de arrojar una limosna miserable, mientras que el futbolista que se gaste tres millones de euros en una boda será admirado y envidiado por una vasta mayoría. A diferencia del lujo, la riqueza tiene mala prensa en España pues se le considera sospechosa, mal habida y fruto de chanchullos y enjuagues. Los Myagh y los Trápaga fueron clarividentes, trabajadores, atrevidos y prósperos, peripecia que por fortuna Phil Camino ha decidido publicar en Galaxia Gutenberg en lugar de escribir un «Caso» para una escuela de negocios, donde los cameos de Caruso, Charles Lindberg o Grace Kelly no habrían sido posibles.

En el recogimiento del último párrafo me reservo un espacio para Jorge Frederick Myagh, Ángela Trápaga y Harold Richard Myagh Trápaga, pequeños centauros que emprendieron la travesía del desierto y a quienes Phil evoca con sus nombres para que no los olvidemos y sepamos que también encarnan La memoria de los vivos, la eternidad dormida de esa familia que también fue arrasada por el dolor.

Fernando Iwasaki