Era un ritual. Una religión. Tanto los turistas que llegaban en barco a Martim de Sá como los valientes que lo conseguían a pie hacían lo mismo nada más pisar la playa: ir hasta la hamaca donde siempre estaba sentado. Algunos aún tenían la mochila a las espaldas cuando saludaban a Maneco y le pedían una especie de permiso para disfrutar del lugar. Los que solían volver año tras año interrumpían al anfitrión con más confianza, le daban un abrazo, se sentaban a su lado y le preguntaban por su salud.

 

Vistas desde el pico más alto de la Reserva de Juatinga, a 630 metros de altitud y a unos 4 kilómetros de la playa de Martim de Sá.

 

Martim de Sá es una playa que pertenece a la Reserva Ecológica de Juatinga de Paraty, en el estado de Río de Janeiro (Brasil), un espacio natural de aproximadamente ocho mil hectáreas donde viven pequeñas poblaciones tradicionales descendientes de los indígenas caiçaras, comunidades que viven de la pesca artesanal, la agricultura y, recientemente, de la llegada del turismo.

La playa de Martim de Sá tiene un solo camping —que suele estar casi vacío excepto en fechas marcadas como Año Nuevo o Carnaval — y el espacio pertenece a la familia de Manuel dos Remédios, alias Maneco. No hay energía eléctrica, solo existe un generador restringido para el uso de la familia local, y existen dos formas de llegar: coger un barco desde el puerto de Paraty —la ciudad más cercana a la reserva natural (a tres horas de distancia)— o adentrarse en los senderos del inmenso bosque durante unos tres días.

 

Cocina compartida para todos los visitantes del camping.

 

Grupo de jóvenes en el barco de camino a la playa de Martim de Sá.

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Al llegar, me salté el ritual. Me sentía realmente una forastera metiendo el pie en un templo. Se respiraba un ambiente muy familiar, no solo por los habitantes locales sino por los turistas: eran todos brasileños y, muchos de ellos, ya se conocían. Estaba ante un paraíso oculto al turismo de masa. Un paraíso.

 

Cuando ya me había sincronizado con la energía, los tiempos y la rutina del lugar, di el paso: me presenté ante Maneco y le mostré mi admiración por la preservación de la playa y el ambiente tan humano que había creado. Me miró sonriente y me invitó a sentarme en su hamaca —hizo hueco con trabajo porque le habían imputado un pedazo de pie recientemente —, le pedí un minuto para ir a por mi libreta y, ahora sí, cogí asiento y comenzó a narrar como si fuese un abuelo contándole un cuento a su nieta:

Mi bisabuela fue violada aquí por el capataz de la tierra y, fruto de esa violación, nació mi abuela.

Estamos en una hacienda que existe desde los tiempos de la esclavitud; aquí se cultivaba café, caña de azúcar y carbón. Al acabar la esclavitud, parece que esta tierra quedó abandonada por mucho tiempo. Mi bisabuela fue violada aquí por el capataz de la tierra y, fruto de esa violación, nació mi abuela. Mi abuelo, que era del “Poço de Cacheiva” —otro poblado de la Reserva de Juatinga—, llegó una vez cazando y pescando a este lugar y se enamoró de mi abuela, así que decidió quedarse para criar a su hijo aquí.

Mi padre fue expulsado de las tierras durante la dictadura militar y se fue para “Praia dos Sonhos” (otra comunidad de la zona) donde se casó con mi madre. Cuando acabó la dictadura, volvimos a Martim de Sá. Éramos diez hermanos, pero cuatro murieron. Yo tengo treces hijos y han muerto cuatro también; uno de ellos por una picadura de cobra.

 

—¿Por qué se llama Martim de Sá?

— Martim fue el colonizador portugués que descubrió el lugar. Dicen que hay oro aquí en la selva, pero nadie lo ha encontrado aún. Sí que hay restos de los cultivos de café.

 

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No estoy aquí por dinero, sino por lo santo de este lugar.

—¿Cómo ha sido su vida aquí?

—Al principio fue difícil, había que trabajar mucho para mantener a la familia. Antes comíamos de lo que plantábamos, teníamos frijoles, maíz… y con eso sobrevivíamos hasta que empezamos con el turismo. Hace veinticinco años que las personas vienen. Sobre todo, en Año Nuevo, Carnaval y Semana Santa. Hasta hace cinco años se armaba más caos en el camping, pero ahora somos una familia.

 

Pareja limpiando unos peces para cocinarlos.

—¿Cómo ha conseguido ese cambio en el turismo que llega?

—Fue cambiando con consciencia. Ahora solo acepto a un pueblo que respete la naturaleza. Prefiero ver a diez personas aquí antes que quinientas, pero que sea un pueblo que respete y que sea diferente. No estoy aquí por dinero, sino por lo santo de este lugar. Si yo quisiese, podría ser millonario, pero lo que quiero es esta tierra para nosotros. Puedes traer tu bebida alcohólica pero no vendemos alcohol aquí. No voy a hacer dinero con tu salud. Un hijo mío murió por causa del alcohol y no quiero que nadie pase por eso. Si vendo bebida y alguien tiene un accidente, ¿quién es el culpable? El culpable soy yo. ¿Te quieres matar? Entonces vete fuera de mi vista. Aquí hay niños y somos una familia. No me gusta el olor de la droga así que, si quieres drogarte, te vas para una esquina.

 

Visitantes sentados en la playa a la sombra de los árboles.

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Maneco luchaba diariamente — desde su hamaca— por mantener el statu quo en su templo. Temía ver cualquier desmesura que le arrebatase ese estado de paz permanente en el que vivían sus ojos. Era Año Nuevo y el camping estaba lleno de gente (alrededor de unas cuatrocientas personas), pero no hubo ninguna pelea ni confusión entre los visitantes. Por el contrario, las tiendas de campaña se dejaban abiertas y, si habías olvidado algo, siempre tenías vecinos dispuestos a compartirlo contigo.

Aquí es sombra fresca y periódico sin letras, porque si tiene letras ya te están engañando —dijo Maneco con una risa irónica—. Es un paraíso, solo se escucha el sonido del mar. Puedes moverte de aquí para allá que no vas a escuchar a nadie hablando mal de nadie. En otros lugares de la zona hay cotilleo, gente queriendo entrar en los chismes…

—¿Alguna vez alguien ha venido a quejarse?

—Una vez vino un chiquillo a quejarse de que los pájaros habían hecho mucha caca encima de su tienda de campaña. Yo le respondí: ¿quién es el culpable? ¿el pájaro o tú? Tú fuiste el que colocaste la tienda de campaña debajo de la casa del pajarito. Él hace caca en el lugar de siempre.

 

Aglomeración de tiendas de campaña en el camping durante Año Nuevo.

 

Personas cantando y tocando instrumentos alrededor de una hogera.

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Su sobrina interrumpe la conversación para traerle un termo con café y panettone —bizcocho italiano típico de las fiestas navideñas que se ha impuesto también como tradición en varios países sudamericanos debido a la emigración italiana durante los dos siglos pasados—. Maneco me ofrece un vaso de café, coloca el panetón sobre su pierna y la mía —que están herméticamente pegadas debido a la inclinación natural de la hamaca hacia el centro— y dice: “hay agua y hay café ¿Qué hay mejor que eso?”

 

—Maneco, no he visto ningún huerto alrededor, ¿por qué ya no cultiváis vuestra propia comida?

—Aquí teníamos bananas, mandioca… pero nadie venía a limpiar. Mis hijos se volvieron cómodos con los ingresos del turismo y ya no quieren plantar.

Todas las personas que trabajan en el camping son de la familia, “excepto la nueva mujer de mi hijo”, explica Maneco. Los barqueros que llevan a los turistas a Martim, las cocineras, camareras y vendedoras de las pequeñas tiendas son hijas, sobrinas o incluso nietos del anfitrión. Hay unas cuatro casas donde se sirve comida o se pueden comprar alimentos que pertenecen a los hijos de Maneco. Al ser una familia evangélica, no usan ningún tipo de método anticonceptivo para evitar el embarazo:

—¿Cuántos sois?

—¿Toda la familia? —se queda en silencio por unos segundos intentando hacer el recuento — No sé. Es incontable. Pero somos más de cien. Cuatro hijos viven y trabajan aquí con su familia, los demás viven en Paraty y echan una mano aquí en temporada alta. También se encargan de llevar la basura todas las semanas hasta la ciudad porque no podemos dejar que se acumule mucha.

 

Ropa colgada entre dos casas pertenecientes a los hijos de Maneco.

 

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Poster de Maneco en la fachada de uno de los bares familiares.

 

Quien ensucia la playa necesita tratamiento psiquiátrico.

Manuel dos Remedios, con sus 79 años, es de los más respetados de toda la Reserva de Juatinga por defender el turismo sostenible y por haber conseguido un ambiente único tras años de charlas y carteles. Al pasear por el camping, encuentras frases como: “aquí no se insulta”, “no abuses de las bebidas y de la droga”, “emborráchate de la naturaleza” o “quien ensucia la playa necesita tratamiento psiquiátrico”. Según Maneco, los lugares acaban donde llega el asfalto y la bebida alcohólica.

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Delia Vargas