El Festival de Cine Europeo de Sevilla celebró su XVI edición del 6 al 14 del pasado noviembre, coincidiendo la fecha con la última cita electoral que tuvimos en España. Cine y política se pasearon de la mano por la capital andaluza el pasado mes. ¿Tienen algo que ver?

233 películas, 459 proyecciones: muchas de ellas se veían en gran pantalla por primera vez, otras ya se habían estrenado a nivel internacional pero la cita en Sevilla suponía su debut en España. El programa de largos y cortometrajes que el Festival de Cine Europeo ofrecía durante casi diez días del pasado noviembre era abrumador.

Durante los mismos diez días, actividad frenética también en otro ámbito: La campaña electoral para el 10-N. Los partidos intentaban demostrar a esos otros espectadores que eran merecedores de su confianza. Después de unos meses donde los grupos políticos “no pudieron” llegar a un acuerdo, se volvía a mirar a las votaciones como solución oportuna para el bloqueo político que vivíamos.

Fueron nueve días de expectación. Nueve días de espectadores. Nueve días de política. Política en esas salas de cine que se llenaban con personas dispuestas a sumergirse en una historia traída desde algún punto de Europa o también alguna de fuera del continente y que, después del visionado, esperaban al coloquio con quienes habían diseñado la pieza audiovisual. Cine y debate. De política de partidos también. Para el 10N, hubo un solo debate electoral televisado de los candidatos (otro también de sus compañeras de partido). En estos cines, se organizaron, sin embargo, decenas de ellos durante esos mismos días.

Aristóteles hablaba de los seres humanos como animales políticos – zoon politikon -. Entendía la política como actividad intrínseca a la naturaleza humana. Decía también que, además de político, el ser humano es social y en ese proceso de socialización, las personas expresan lo que es justo o no para la sociedad. Desde la familia hasta su inserción en la ciudad, explicaba Aristóteles, aprende el individuo aquello que aporta o resta al bien común. Tomemos estos postulados como punto de partida.

Los partidos políticos, la institución que da menos confianza

Cada vez más voces expertas alertan de la creciente distancia que existe entre la realidad que atraviesan las sociedades y el discurso que los dirigentes políticos ofrecen a sus ciudadanos. Parece que las instituciones y la ciudadanía hablan lenguajes diferentes. Y eso lleva a parte de nuestras sociedades a plantearse su relación con la política. Así lo muestra este estudio de Ipsos de 2018:

Pero, ¿se trata realmente de un desapego de la política en sí o simplemente de un hartazgo por los temas y las dinámicas que llenan la agenda política día tras día? 

Dice el centro de investigaciones del Pew Research Center que, si bien es real el descontento con los líderes políticos que sus encuestados parecen mostrar, los datos de su estudio a nivel mundial, no apuntan a ninguna renuncia por parte de la sociedad a la democracia. Este modelo se sigue considerando como la forma ideal de gobierno y se sigue además creyendo en el poder de influencia que las personas “ordinarias” tienen sobre este. Podemos entonces intuir que seguimos teniendo necesidad como ciudadanos de intervenir en política.

Aunque aún el voto se toma como la principal forma de involucrarse en política, dicen estos resultados del Pew Research que también son cada vez más los que hablan de la asistencia a un evento de campaña, a la participación en una organización de voluntarios, actos de protestas organizadas o debates en Internet como formas de influir en política nacional.

Hemos normalizado que el CIS anuncie que la población española ha suspendido a sus líderes políticos en sus valoraciones y en las conversaciones con amistades se repite ese “paso de esta gente, no quiero escucharles más”. Pero, al mismo tiempo, empezamos a tomar como frecuentes los éxitos de convocatoria de manifestaciones en nuestro país o que cada vez sean más intergeneracionales los movimientos que alzan la voz ante injusticias. Tenemos a adolescentes liderando en España también movimientos como el Fridays For Future y cada vez vemos más hombres mayores protestar en las calles frente al machismo.

¿Qué harta a la gente?

Entonces, ¿qué harta exactamente a la gente?, ¿qué entendemos por política? ¿y por ciudadanía activa? ¿Es solo política los discursos que llenan los medios de comunicación, las instituciones formales y que consumimos a todo color y volumen? ¿O quizás también sean política las conversaciones que, en penumbra y después del visionado de alguna pieza audiovisual, surge entre los espectadores en una sala de cine?

En ambos casos, se lanzan dudas sobre una cuestión que se entiende, atañe a ese “bien común” y se formulan diferentes propuestas a modo de solución. Algunas algo más viables, algunas algo más disparatadas. En eso también coinciden los debates televisados con los coloquios entre directores, guionistas y espectadores.

¿Podemos asumir que el punto de fricción está entre la ciudadanía y el manejo que los líderes están haciendo de esa actividad política?, ¿no entre la política y los ciudadanos?

Parece claro que la actividad política institucionalizada es la única responsable de legislar, pero, ante la crisis que esta parece estar atravesando y frente a aquellas voces fatalistas, que antes de hablar de reformulación se ven tentadas por la idea de renegar de la democracia como única opción viable, quizás encontremos al cine entre esas nuevas formas de hacer ciudadanía activa.

Las salas de cine, también en crisis

También las salas de cine, que podríamos tomarnos la licencia de entender como “institución”, están pasando por su propia crisis. Y de igual manera, hay quien ya habla del “fin” del cine en nuestros tiempos y apuntan a plataformas como Netflix o HBO como culpables. Mismo debate que en la crisis de la política como institución. ¿No podrán estas salas reformularse antes de desaparecer? Si siguen aportando un valor diferencial respecto a las plataformas y ofrecen algo a la ciudadanía que no encontrarían en otro sitio, no parece haber motivo para su extinción.

Ante ese desapego por los partidos y líderes políticos y en tiempos de interesantes debates en Twitter y multitudinarias manifestaciones por luchas globales, intergeneracionales y que no entienden de signo político… ¿no tienen las salas de cine la oportunidad de convertirse en espacios de debate?

Las películas de la última edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla han hablado de discursos del odio, xenofobia, ultranacionalismo y de la importancia de cuidar las narrativas y el discurso político (Sons of Denmark), de la crisis millenial (Violeta no coge el ascensor), de las derivas autoritarias de ciertos países del mundo (Terminal Sud), del sentido real de hacer la guerra y de las heridas que esta deja en la sociedad que la sufre (Longa Noite), de menores migrantes no acompañados (Barzakh)… También de amor entre diferentes (La reina de los lagartos), de críticas a Occidente desde el humor (Y de repente, el paraíso) y de los miedos y oportunidades de quien migra (La libertad es una palabra grande).

A ninguno de estos temas, todos de actualidad social y política, han hecho alusión nuestros líderes durante su campaña. Esa distancia entre realidad e instituciones… ¿Palomitas hasta que esto se arregle?

Nerea Larrinaga Bidegain