«La piel, para aquellos dispuestos a escucharla, cuenta la historia de cada persona.

Y la piel de Cádiz cuenta la historia de su pueblo».

 

La piel, para aquellos dispuestos a escucharla, cuenta la historia de cada persona. Las grietas en las manos, los callos en los dedos, las arrugas en la frente e incluso el color de los párpados; en todos queda grabada la historia que se vive y sufre.

 

 

Al pasear por las calles de Cádiz me resulta imposible no tocarla. Una gravitación local y permanente lleva mis manos a rozar su piel, a acariciar con la punta de los dedos sus asperezas, sus cicatrices, sus manchas y sus matices. La piel de Cádiz está hecha para ser tocada, dejando su huella en tu piel y en la memoria.

 

 

Porque al tocarla, no puede uno menos que sentir en sus propias carnes lo que Cádiz siente cada día. El poniente y el levante, los aires difíciles que siempre traen noticias del mar. El rotundo sol de Andalucía. El continuo rumor que llena de espuma las calles y los ecos. La omnipresente humedad que cala sus huesos. El relieve infinito de los esteros. Tocar la piel de Cádiz es sentir sobre tu piel el leve amanecer en la Bahía y el fresco del ocaso en la Caleta. Al besarla, brota sobre los labios la flor de sal de la marea.

 

 

La piel de Cádiz, para aquellos dispuestos a escucharla, cuenta la historia de su pueblo. La historia de una ciudad que se vistió de los colores del arte colonial para convertirse en La Habana, con más salero. Una ciudad que para protegerse del mar revistió su piel de la piedra que el mar le da. Una ciudad que con esa misma piedra ostionera levantó torres y murallas para defenderse de invasores y piratas.

 

 

Es la piel de un pueblo que, aunque humilde se agriete y envejezca sin consuelo, alegre se engalana para cantar sus penas cada febrero. La piel de un pueblo bendecido y golpeado por el mar, un pueblo que lucha cada día por ganarse el pan. Un pueblo orgulloso, que no maquilla ni esconde arrugas ni grietas para hacerse más atractiva a las manadas de turistas que la plagan, porque sabe que en las huellas de la sal y del levante está su alma.

 

 

Viejas coplas escribe sobre su piel el viento. La piel de Cádiz, para aquellos dispuestos a escucharla, canta con la voz del tiempo.

Juan Bautista González