El mundo cuenta hoy con 195 Estados independientes. Si nos ceñimos a la cifra de Estados Miembros de las Naciones Unidas, esta es la cifra de países que hay. Sin embargo, el concepto de independencia resulta una paradoja para muchos. En realidad, la cifra de pueblos que no dependan de economías extranjeras está muy por debajo.

La bipolaridad del mundo quedó atrás con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. Superado el año 1990, las democracias liberales parecían triunfantes y no tenían rival. Todos nos preparábamos para consolidar una globalización liberal, que se completaría con la incorporación de aquellos países que estaban bajo el paraguas soviético. Sin embargo, como ya hemos dicho, la globalización y la independencia de sus actores es una paradoja en muchas ocasiones.

Los Estados Unidos y la Unión Soviética fueron los países que más presionaron para liberar a muchas colonias de sus metrópolis. Para ambos Estados era una cuestión de libertad de los pueblos, aunque cada quien tenía sus motivos particulares. Aunque la razón de este texto no es aquella ,la descolonización, sino la fallida metamorfosis hacia la independencia que muchos países han experimentado.

Para la Real Academia Española, entendemos por independencia la «libertad de un Estado que no es tributario ni depende de otro». ¿Y esto ocurre? ¿No hay países en el mundo cuya actividad política y económica diaria está directamente influida por las directrices y requisitos de otro país? Por supuesto que ocurre, y fuera de nuestra cosmovisión occidental resulta bastante común.

 

La lógica de la dependencia

Para que haya una relación de dependencia, un país tiene mucho más que perder que el otro si se rompe la alianza.

Para Betrand Badie, politólogo francés y profesor de Relaciones Internacionales del Instituto de Estudios políticos de París, esta dependencia sigue una lógica. En su libro L’État importé: l’occidentalisation de l’ordre international  -El Estado importado: la occidentalización del orden internacional-, el autor explica detalladamente estos procesos fallidos de globalización e independencia de los Estados. Para ello, describe varias etapas y requisitos ineludibles para que un Estado patrón -es decir, un país rico- someta a su dependencia a un Estado cliente. Los llama así porque, según él, en ocasiones la relación que les une es descaradamente clientelar y de intercambio de favores. Aunque, por supuesto, esta relación no entre iguales: el Estado cliente siempre saldrá perdiendo en caso de que la relación se rompa.

Es necesario constatar que esta dependencia del Estado no la sufre la clase política del país dependiente sino su sociedad civil. Es decir, la supeditación política y económica que El Salvador tenga de Estados Unidos no la sufren los gobernantes salvadoreños sino su pueblo. Esto, que resulta bastante evidente a priori, presenta una situación de vulnerabilidad urgente para los ciudadanos de aquellos países.

Pero pongámosle nombre y apellido a esta situación de dependencia. Para el año 2016, el 61’88% de las importaciones de Laos venían desde Tailandia, y el 31’29 de las exportaciones laosianas tienen el mismo destino. Ya tenemos el ejemplo: la economía de Laos es dependiente de la tailandesa. Otro: el 44’45% de las exportaciones de El Salvador tiene destino a los Estados Unidos; el 32,11% de las importaciones viene de suelo estadounidense. La subordinación es económica, sobre todo, pero también política.

 

¿Cómo deben ser los gobernantes de los países dependientes?

Según Bertrand Badie, existen condiciones que tienen que darse inexcusablemente para que la relación patrón-cliente se dé. Lo más importante es que la clase dirigente del Estado cliente esté aburguesada y satisfecha con su relación de dependencia con el Estado del norte -rico-. Estos dirigentes tienen que ser personalistas, con un fuerte poder de movilización y capaces de apropiarse con los recursos y materias primas del país. Públicas y privadas. Es decir: se necesita un acuerdo estrecho y beneficioso entre las clases gobernantes de los países del norte y del sur, y un intercambio de bienes o servicios desfavorable.

Las operaciones que hacen sobrevivir el sometimiento de un Estado son las relaciones clientelares y política de clanes, para satisfacer las ansias de poder y riqueza. Es decir, que exista un acuerdo y consenso tácito sobre las irregularidades entre toda la cúpula del país del sur. Por eso decimos que no son los gobernantes del país pobre quienes sufren la dependencia sino la sociedad civil de estos países.

Cuando las relaciones de dependencia acaban quebrando economías por completo o no satisfacen a la élite sureña, muchos de estos líderes han reculado con discursos populistas y antiimperialistas para acumular apoyo popular.  Son los casos de Nasser, en Egipto; Sukarno, en Indonesia; Habib Bourguiba, en Túnez; Nkrumah, en Ghana; o Nehru, en India. En estos personajes políticos tenemos el ejemplo muy claro: políticos cultos, estadistas en muchos casos, que no son vistos como autoritarios por definición, pero cuya capacidad de movilización popular y apropiación de los factores productivos es innegable.

Los esfuerzos de estos políticos del sur por mantener el idilio con el país del norte ha impedido que existan organizaciones internacionales verdaderamente fuerte en África o América Latina. Entre otras cosas muchas cosas.

 

Nuevas dependencias: la apropiación de la soberanía

Para Bertrand Badie, esta paradoja de la independencia es versátil y líquida. A veces no es siquiera perceptible o evidente. En la actualidad se da con la ‘apropiación de la soberanía’. Esto es: por distintas razones, la independencia de un Estado del sur está limitada por el Estado del Norte. Se puede dar por tres escenarios distintos.

En primer lugar, por vías diplomáticas. Se ve claro con un ejemplo: un país A promete no inmiscuirse en los asuntos internos del país B -o invadirlo, mismamente- a cambio de que este último apoye al primero en sus iniciativas en las organizaciones internacionales. El país A tiene secuestrada la independencia total del B.

También puede darse una situación de independencia paradójica cuando un Estado del norte acoge en su estructura socioeconómica a un país del sur. Por ejemplo: Francia. Tras la descolonización, la metrópoli francesa mantuvo a muchas ex colonias dentro de su paraguas económico internacional y político, monopolizando las relaciones internacionales y política exterior de los nuevos países independientes. Un caso paradigmático es el Franco CFA: la moneda de 14 economías africanas, obligadas a poner el 50% de sus reservas en el Tesoro francés y cuya impresión y distribución se hace desde Francia.

1000 Franc CFA. Existe un proyecto económico para acabar con esta moneda: el Éco.

 

Por último, como Badie cataloga, esta paradoja de la independencia se da por «innovaciones institucionales». Con la Guerra Fría muchos países integraron el sistema de repúblicas liberales estadounidenses o el de partido único soviético, en función del bloque en el que se encontrase. También con la descolonización: muchos países adoptaron estructuras políticas y económicas importadas y artificiales a su cultura y tradición. Y que no ha funcionado. Esto provoca fallos estructurales del sistema e inadaptación de muchas sociedades a sus sistemas políticos.

 

¿Qué nos queda?

El resultado, en muchos casos, es el de países sin una independencia real. Cuando alguno de ellos ha tratado de serlo con un refuerzo de la economía, no han alcanzado su objetivo porque desarrollan economías cojas. Arabia Saudí, con un impulso al sector petrolífero, ha alcanzado autosuficiencia económica pero no dependencia; sigue dependiendo de las importaciones de productos agrícolas y bienes de consumo.

Cuanto más tiempo pasa, estos Estados del sur se estancan más aún en sistemas y panoramas internacionales que no les benefician por ser artificiales y ajenos a su cultura y tradición. Y en último lugar, tenemos a los olvidados: las sociedades de los países dependientes, sumidas en una situación de vulnerabilidad a veces extrema e imposible para alcanzar unos niveles de desarrollo aceptables.

Jose Antonio Merat León