Los datos nos revelan que la juventud árabe entra a la acción cuando la situación se vuelve límite, es decir: poca participación e interés por la política. Este sector de la sociedad, que está llamado a ser el motor de cambio, limita su implicación en la política a manifestaciones y movilizaciones por redes sociales. En la vida política diaria, este grupo desaparece para dejar paso a sus mayores: los adultos son quienes más se interesan por cambiar las cosas.

Ippolito Nievo, escritor italiano del siglo XIX, dijo que la juventud es «la alegría de la vida; la alegría es la juventud eterna del espíritu». El deseo de mantener una mente siempre joven, soñadora e ilusionada es la eterna promesa que nos auto imponemos para mantenernos «vivos», como dice Nievo. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la juventud árabe, que muestra poca participación e interés por la política de sus Estados..

El imaginario que tenemos de los jóvenes árabes es el de gente feroz, inconformista y dispuesta a salir a las calles para plantarle cara a sus gobernantes. Aunque el riesgo sea muy alto. Esta fama no les viene regalada y han sido muchas las ocasiones en las que los jóvenes han promovido importantes cambios políticos. El último gran ejemplo es el caso argelino, cuando en de 2019 derrocaron el gobierno de Abdelaziz Bouteflika. En este momento, la juventud argelina sí se ajusta a las ideas de Nievo: la alegría de la vida, la juventud del espíritu, el inconformismo. Otro ejemplo fueron las últimas protestas en Líbano, de las que ya hemos hablado en La Nao.

Con la Primavera árabe, millones de personas salieron a la calle pidiendo libertades civiles, reformas económicas y derechos sociales. Es decir, las sociedades árabes demandaban una apertura del Estado árabe tradicional; cerrado, confesional y autoritario. En el año 2010, la Youth Arab Survey, sentenció que el principal deseo de la juventud árabe era incorporar la democracia a sus países. Sin embargo, en 2019, las principales preocupaciones cambiaron: querían más oportunidades y menos religión.  Es decir, querían menos tradición y más oportunidades económicas. La prioridad ya no es la democracia sino lo económico. 

Ruptura con lo tradicional

La juventud árabe pide en la última Youth Arab Survey romper con la costumbre. Y fijémonos: ¿qué pedían los jóvenes argelinos sino romper con la tradición? El elemento que más ha incidido en las nuevas inquietudes han sido las redes sociales; internet. Facebook es hoy la principal fuente de información para el 80% de los jóvenes árabes.  El 88% en el caso de los países del Levante. Es decir, una entrada de conocimiento libre.

¿Por qué libre? ¿Acaso no eran libres los medios de comunicación tradicionales? Según el informe Shabab Live, realizado por Deutsche Welle, los jóvenes árabes desconfían de sus medios. Los aspectos que motivan esta desconfianza es, fundamentalmente, la ausencia de libertad de prensa y expresión. Además, para muchos de ellos, el contenido que presentan los medios públicos son poco creativos y anticuados. En algunos países, como en Túnez, los jóvenes dicen que los medios públicos los retratan como gente incapaz y no tratan verdaderamente importantes.

Por ello, los jóvenes expresan en este mismo estudio su deseo de moverse hacia medios de comunicación privados o extranjeros. Estos les ofrecen formatos atractivos y, sobre todo, abordan temas que les preocupan como el desempleo, la economía o la situación política. Es decir: no se sienten acogidos por sus medios de comunicación. El desapego que sienten en muchas ocasiones por sus Estado se corresponde con la ausencia de incentivos que el sistema no les proporciona. Y les lleva a querer buscar informaciones y oportunidades fuera: el 53% elegiría continuar sus estudios en Occidente. Es un porcentaje muy alto. 

 

 

Poco interés, poca participación

Este desinterés por los medios de comunicación de sus países es correlativo con la misma sensación que les producen sus asuntos políticos. Según el instituto FES, el 4% de los jóvenes están ‘muy interesados’ por la política de su país, el 13% ‘interesado’ y el 59% ‘nada’. Nos encontramos con el siguiente escenario: jóvenes desapegados a la actualidad de su país, que llegan en el último momento, y Estados que no los incentivan. Es un ciclo inacabado; un círculo imperfecto.

Por ello, nos hemos encontrado muchos casos de países cuyas reformas han caído al olvido y la inoperancia. De los quince países a los que llegó la Primavera árabe, solo dos han tenido cambios satisfactorios. Por un lado, Túnez y su espectacular mejoría; de un país asolado por dos dictaduras consecutivas a una nación que avanza en materia de derechos civiles y democráticos. Por otro, Marruecos y la cesión de poderes políticos por parte del rey Mohamed VI al parlamento elegido.

Otros casos, como el egipcio, el libio o el iraquí, son ejemplos de protestas con una victoria momentánea, pero que a la postre ha traído una recesión democrática. Naturalmente, la responsabilidad de los males de estos países no cae sobre sus jóvenes, pero es significativo ver cómo las sociedades más persistentes sí han conocido cambios políticos significativos.

En este ciclo imperfecto, los datos que mejor reflejan nuestras conclusiones son los de Pomeps Studies: la participación electoral de estos jóvenes en ningún caso supera el 40%. Esto es, una clara inacción en la vida política diaria de sus países, sobre todo si tenemos como referencia la participación de los mayores de 30 años.  Si este artículo fuese un circuito, y aceptáramos que para que una sociedad participe por la política tiene que estar incentivada, no habría circuito. Con esta juventud árabe, con poca participación e interés por la política, muchos procesos políticos mueren temprano, no acaban y resultan poco útiles.

El panorama resultante son clases políticas envejecidas -cuando no nepotistas- y sin vistas de renovarse. Muchos países cuyas protestas de 2011 no se completaron han tomado caminos similares: menos democracia, guerra o inmovilismo. En algunos casos, como Omán, una mejoría económica para los ciudadanos de la clase media y alta. Sin embargo, otros no han tenido la misma suerte.

El caso de Yemen

Curiosamente, la juventud más interesada por los asuntos políticos de su país es la yemení. A pesar de que un 10% se considera muy interesada, más de un tercio reconoce informarse activamente sobre los asuntos políticos de su país. A pesar de la grave situación civil que atraviesa Yemen, el peor país del mundo para ser niño, tiene a la juventud más activa de Oriente Medio. Casi la mitad (47%) de ella elegiría la vía de las elecciones para resolver un asunto político, y la mayoría reconoce que luchar por la política de su país desde grupos universitarios (49%) o asociaciones juveniles (24%). Sin embargo, el 64% declara que si no se implica en proyectos sociales o políticos es por falta de iniciativas en su zona. Una juventud con voluntad pero sin oportunidades, sobre todo si sumamos la difícil y cruel guerra que comenzó en el país en 2015.

 

Jóvenes libaneses en las últimas protestas de octubre de 2019. Jaime Rufino Campos.

Por lo tanto, ¿qué nos queda?

El resultado es el de un sector amplio de la sociedad –la edad media de los países está entre los 31 y 19 años– cuyos intereses está fuera de su país: sus medios de información, sus deseos y sus ejemplos. Para los jóvenes, su modelo de país ya no es el Estado tradicional árabe, confesional, sino abierto y que brinde oportunidades. El país árabe favorito, al que los jóvenes desearían que se pareciese el suyo, son los Emiratos Árabes Unidos. Siempre lo ha sido: por sus oportunidades, buenos salarios y seguridad.

 
Las oportunidades para emprender negocio, los buenos salarios y la seguridad, las puntas de lanza de EAU para ser el país preferido de la juventud árabe.

Es decir: la supervivencia económica es más urgente que la democrática. No es que la libertad y los derechos hayan dejado de interesar a los jóvenes de estos países, pero la autosuficiencia económica se trata como un fin intermedio para lograr el objetivo último de la democracia. Sin embargo, es preciso advertir que una posible ‘fuga’ de cerebros -de los más pudientes, en general- puede ahondar los problemas que los Estados árabes llevan años acusando. Sobre todo, si esta juventud árabe sigue registrando datos de poca participación e interés por la política.

 

Jose Antonio Merat León