Estamos en guerra. Mitsotakis se lo ha dicho a los griegos, Macron a los franceses, y Trump a los estadounidenses. Incluso Merkel apunta a que estamos ante el mayor desafío para la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial. El mensaje es claro: estamos en guerra. No hay otra. Pero las guerras son muy caras y requieren de una reconstrucción cuando se acaban. Por eso el tema de hoy es La economía en tiempos del COVID-19.

Que los presidentes estén saliendo a decir que estamos en guerra no es algo trivial. Es un mensaje claro, algo simbólico que no sólo pretende provocar una reacción en la gente en una llamada a la responsabilidad y la unión, sino también ser una declaración de intenciones: en la guerra, la única economía posible es la economía de guerra. Esto significa que se vienen tiempos de medidas no ordinarias. En palabras de la nueva presidente del Banco Central Europeo: situaciones excepcionales requieren medidas excepcionales.

 

 

¿Por qué es tan importante introducir este mensaje? Porque en la economía de guerra no se valora si comprar este armamento es bueno o no para la economía. Lo primero es ganar la guerra, luego ya haremos cuentas.

España, una situación complicada.

La situación de las economías del sector sur de Europa es peliaguda, como ya vinimos explicando en La Nao. España en particular es un país muy endeudado, y por tanto con poco margen de maniobra fiscal (en ese artículo se explican las funciones de las políticas fiscal y monetaria). Pero la situación no deja mucho margen de maniobra, y toca volver a endeudarse.

En primer lugar, porque el 99’8% de nuestras empresas son Pymes (pequeña y mediana empresa). En segundo lugar, porque suponen el 71% del empleo español. ¿Qué consecuencias tiene esto? El hecho de que las empresas pequeñas sean mayoritariamente pequeñas, significa que tienen menos poder para hacer frente a una crisis. Como es evidente, una frutería de pueblo no tiene el mismo margen que Inditex. Así las cosas, nos enfrentamos ante el peligro de que esas empresas se queden sin liquidez (dinero en mano), y tengan que despedir trabajadores o incluso cerrar.

Soluciones

Por eso es necesario que el estado haga moratorias de impuestos, hipotecas, etc. (No suspender su pago, sino aplazarlo para cuando todo esto pase), y tome medidas para garantizar la liquidez de las empresas. En este sentido, el gobierno ha aprobado un plan de ayuda de 200.000 millones de euros, o para que se entienda, el equivalente a un 16% del total de todos los bienes y servicios creados dentro de España (PIB)

Pero como ya hemos comentado, España es un país muy endeudado, lo que significa que cuando va a pedir más dinero, los inversores le piden más rentabilidad. Además, añadiendo la locura que están viviendo los mercados financieros y el incremento disparatado que está sufriendo la prima de riesgo española, el resultado es que a España le sale muy caro endeudarse.

La UE, al rescate

¿Qué solución tiene esto? Que se consiga tranquilizar a los inversores, y convencerlos de que España es un lugar seguro para invertir. ¿Cómo se consigue? Pues, primero, con medidas tangibles y contundentes como las que ha expresado el gobierno para hacer frente al shock. Segundo, y más importante, que la Unión Europea nos respalde.

De hecho, esto es lo que ha hecho Christine Lagarde, la nueva presidenta del Banco Central Europeo. Pese a sus reticencias iniciales (explicadas en cierta manera por la división de opiniones interna comentadas en el anterior artículo), la presidenta ha reculado y vuelto a la doctrina Draghi, el confiable Whatever it takes, y ha anunciado una inyección de liquidez de 750.000 millones de euros a las economías de la eurozona.

La medida consistirá en comprar, hasta que sea necesario, deuda pública y privada de los países en mercados secundarios, lo que significará que les será más barato endeudarse. Además, ya se ha anunciado que se hará de forma flexible, es decir, atendiendo a las diferentes necesidades de cada país. Si los países pueden endeudarse de manera más barata, tendrán mayor margen para establecer medidas para frenar la crisis, y saldrán menos perjudicados cuando esta acabe.

¿Se está haciendo suficiente?

Esta es una pregunta bastante pertinente debido al grado de incertidumbre. Lo cierto es que la situación no tiene precedentes, y que por tanto trabajaremos, como toda la vida, aprendiendo de los errores.

Por lo pronto, las críticas vienen de aquellos que consideran que el recurso de la economía monetaria está agotado, y los que piensan que seguir inyectando dinero en unos estados drogodependientes de políticas monetarias laxas no llega a ningún sitio si los gobiernos no son eficientes con el dinero que se les proporciona.

Sin embargo, tampoco se han echado en falta elogios. En este sentido, el vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, ha instado a la oposición a apoyar al gobierno, cuyo plan considera correcto. Que economistas reconocidos internacionalmente avalen las medidas por las que apuesta tu gobierno es, cuando menos, esperanzador.

Tiempo de oportunidades y amenazas

Una crisis puede sacar lo mejor y lo peor de cada uno. De hecho, todos hemos escuchado críticas y elogios a los políticos que están demostrando o no estar a la altura. Pero el COVID no sólo pone en tela de juicio a los que nos gobiernan, también lo hace con las empresas, las sociedades, los sistemas, y las organizaciones internacionales.

Por un lado, nos hace replantearnos cómo hacemos la economía. Los modelos numéricos para prever el futuro pueden estar muy bien, pero no vaticinaron la crisis del 2008 ni supieron pronosticar lo que se nos veía encima cuando la segunda economía del mundo tenía a millones de personas en cuarentena. Los organismos como el BCE tienen que llenarse de conocimiento multilateral, e incluir sociólogos, politólogos, historiadores, y de otras disciplinas de las ciencias sociales.

Por otro lado, Europa. En 2004 la Unión Europea recibió el varapalo más grande de su historia viendo rechazado el Tratado de la Constitución de la Unión Europea por parte de países fundadores como Francia o Países Bajos. De hecho, tuvieron que introducirse los cambios que esta traía por la puerta de atrás mediante el Tratado de Lisboa, y desde entonces hasta ahora la dinámica ha cambiado. El proceso de integración se ha frenado y el auge de partidos euroescépticos o el propio Brexit nos hacen ver que la UE se encuentra en un momento delicado, pero sobre todo determinante para su futuro. Ahora es el momento de dar un golpe sobre la mesa y ser más europeos que nunca, o de seguir con nuestras batallas internas y dejar que el proyecto de una Europa unida muera poco a poco.

Es ahora cuando la Unión Europea tiene que demostrar si de verdad es una unión y está para los momentos de necesidad. Por el momento, el BCE ha mostrado su compromiso y ha movilizado ¾ partes del PIB español. Tanto Macron en Francia, como el Think Tank ESADE (con Toni Roldán al frente) en España, han mostrado su apoyo para crear un Coronabono europeo -que ya hemos explicado aquí en La Nao), con el que la financiación de la deuda se facilite todavía más. En definitiva, todo lo que sea dejar que cada palo aguante su vela en esta crisis será un error con consecuencias catastróficas para el proyecto europeo. Así como ya pasó tras 2001, el mundo que resurgirá del coronavirus no será el mismo que el que entró en él. En nuestra mano queda que el cambio sea a mejor.

Ignacio Garijo