La de Jay Gatsby es la historia del ascenso meteórico, sin frenos, a la cima. También la de su posterior caída, irrefrenable, al vacío. Jay Gatsby, el modelo de hombre hecho a sí mismo, a la justa medida de sus jóvenes ensoñaciones, poseedor de una de las mayores fortunas de América, vislumbró desde una nube el esplendor de la era del jazz, entre fiestas multitudinarias y lujosas aficiones. Una nube de la que siempre estuvo condenado a descender, pese a rozar la perfección, cerca de convertir su idealismo en realidad, de conseguir el amor de Daisy Buchanan. Su destino era irremediable: estaba condenado a perderlo todo; a ser disparado por la espalda al borde de su psicina, solo, abandonado por todos, incluida Daisy. Sólo dos personas fueron a su entierro, su amigo Nick y el tipo que espiaba siempre su biblioteca, “el hombre de los ojos de búho”.

El de Dick Diver también es el relato del descenso inevitable de la perfección. El del derrumbamiento del hombre destinado de joven a la gloria. Dick, un prometedor psiquiatra, era un tipo atractivo, inteligente y encantador. Junto a Nicole, una de sus pacientes, también su mujer, formaba la pareja ideal, irresistibles ambos, capaces de hacer agradables todas las veladas. Uno y otro parecían condenados a vivir en una inspiración constante. Sin embargo, el tiempo demuestra ser capaz de desgastar la mayor de las bellezas abriendo todas sus heridas, dando paso así al derrumbe, a la quiebra. Como el de Jay Gatsby, también estaba escrito su final. El tiempo arrasó con el amor entre Dick y Nicole y dejó al psiquiatra atrapado en el alcohol. Con los meses abandonaría el trabajo, también su propia vida. Apático y destruído, finalmente desapareció. Y nadie supo más de él.

Tanto Dick como Jay son fruto de la imaginación de Francis Scott Fitzgerald, también de su propia realidad. Ambos, Jay y Dick, en momentos se confunden con el mismo Scott. ¿Quién es quién? En Putas Asesinas, Roberto Bolaño escribía: «El arte es la historia particular (…) Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira». Y Fitzgerald comparte acera con sus personajes. Como Jay y Dick, también su final parecía estar escrito, condenados los tres a caer de la cima al vacío, sin paracaídas alguno. Una caída irrefrenable.

Scott Fitzgerald y Zelda Sayre, los reyes de la era del jazz

F. Scott Fitzgerald, 1921
Retrato de F. Scott Fitzgerald por Gordon Bryant. Revista Shadowland (1921).

“De este período, recuerdo haber ido una tarde en taxi entre edificios muy altos y bajo un cielo malva y rosa; me eché a llorar porque tenía todo lo que quería y sabía que no sería tan feliz nunca más”, escribió Scott Fitzgerald en 1932 recordando los inicios de los prósperos años veinte. La era del jazz, como él mismo apodaría. Una etapa de milagros, de prosperidad y arte, pero, sobre todo, de ilusa felicidad juvenil. Los jóvenes reinaban, las fiestas eran habituales, cada vez más estruendosas y excéntricas. Después de una época de guerras, ahora ya sólo querían divertirse, bailar, sonreír.

Y Zelda y Scott rápidamente se convirtieron en su icono. Ambos eran asiduos a sus fiestas, a su música y sus bailes. Sabían cómo se divertían las nuevas generaciones, cómo se comportaban, porque ellos formaban parte de ella. El gasto fue desmedido y la diversión desbordada. Y Scott Fitzgerald fue el que mejor ilustró esto último, convirtiéndose en el escritor de moda tras su exitosa novela A este lado del paraíso (1920). En sus páginas estaban reflejados él, Zelda, las nuevas generaciones americanas, una nueva forma de encarar la vida: la era del Jazz. Y él era el elegido para narrarla.

«Fitzgerald será el famoso agresor en la guerra sin importancia que divide a nuestra clase en los años veinte -una guerra de la emancipacion moral contra el engreimiento moral, la apasionada juventud contra la vieja guardia».

La moral de F. Scott Fitzgerald, Glenway Wescott, The New Republic (1941).

El éxito de ventas de A este lado del paraíso (1920) ayudó a Scott y Zelda a mantener su costoso estilo de vida, a poder mantener el ritmo al furgor de la época. Así pudo seguir trabajando en sus siguientes novelas, que, sin embargo, no repitieron el mismo rédito económico. Tanto Hermosos y malditos (1922) como El gran Gatsby (1926) vendieron menos copias de las esperadas (apenas 20.000 en el caso de Gatsby) y obligaron a Fitzgerald a abocarse al incipiente mundo de Hollywood, también al de la firma recurrente de relatos en revistas como Esquire o The Saturday Evening Post. Y a partir de entonces todo empezó a torcerse.

Desde ese momento se abrió en él la confrontación entre el deseo y la obligación. Su meta única era escribir novelas, poder guardar el suficiente dinero como para sumergirse exclusivamente en ellas. Sin embargo, la necesidad de dinero y la falta de éxito de sus obras, le obligaba a centrarse en otros quehaceres. Todo con el único fin de poder mantener su costoso estilo de vida: sus fiestas, sus lujos y sus viajes a la costa azul francesa. Fitzgerald había cruzado la línea: había empezado a escribir únicamente por dinero. Algo que le recriminaría el mismo Ernest Hemingway, con el que mantuvo una tensa relación, diciéndole que así estaba malgastando todo su talento. Pero no había más opción. No para el rey de la era del jazz.

«Aparte de su talento literario creo que Fitzgerald debe de haber sido el hombre menos disciplinado del mundo. Nunca supo su propia fuerza, por lo tanto, nada le inspiró decisivamente para conservarla o librarse de ella. (…) El resto de nosotros, sus amigos y escritores rivales, considerábamos que era el mejor dotado narrativamente de este siglo».

La moral de F. Scott Fitzgerald, Glenway Wescott, The New Republic (1941).

El inicio del fin

Y entonces, llegó el Crac del 29. El fin de una época, la desaparición de la era del jazz. Las dificultades económicas de los años treinta dieron olvido a las pomposas fiestas de la década anterior y también al propio Fitzgerald. De icono de toda una sociedad a ser relegado a la indiferencia de críticos y lectores, encasillado en una época que, pese a su cercanía, parecía ya demasiado remota. Nadie quería seguir leyendo acerca de las excentricidades pasadas, del gasto ahora visto excesivo, de la diversión. Y Francis Scott Fitzgerald era icono de todo ello.

Su fama nunca volvió a ser la de antaño. Pese a ello, gracias a su reputación, las revistas continuaron publicando sus relatos, con los que subsistía económicamente. Mientras tanto, su carrera en Hollywood sólo conseguía regalarle disgustos y enfados. Sus guiones no terminaban de arrancar aplausos ni de productores ni de directores y a duras penas conseguía hacerse un hueco en el sector. Su talento no estaba destinado al cine y el mundo de Hollywood tampoco estaba hecho para él. Así lo reconocía en una carta a John Peale Bishop ya años atrás en 1925: «Soy demasiado egoísta y no lo bastante diplomático para llegar a tener éxito en el mundo del cine».

-Hoy día se ven tantos hombres brillantes que se están destruyendo a sí mismos…

-¿Y cuándo no se han visto? -preguntó Dick- Los hombres inteligentes son precisamente los que están siempre rozando el abismo porque no tienen más remedio. Algunos no lo pueden soportar y abandonan.

Tender Is The Night, F.Scott Fitzgerald.
Zelda Fitzgerald, 1922
Retrato de Zelda Sayre por Gordon Bryant, Revista Shadowland  (1921).

Y en 1932, el último detonante: su mujer, Zelda Sayre, tras padecer diversos episodios de esquizofrenia los meses anteriores, era internada en el hospital John Hopknis de Baltimore. Siete años atrás, el propio Fitzgerald respondía así de su relación con Zelda en una carta a Peale Bishop: «somos casi las únicas personas casadas auténticamente felices que conozco». Sin Zelda, apenas quedaba ya nada de la felicidad pasada, de la que fuera la mejor época de sus vidas. Todo se iba desvaneciendo.

De la noche a la mañana, Francis Scott Fitzgerald había pasado a encontrarse en medio de una quiebra tanto emocional como económica, atrapado en el mundo del alcohol y obligado a escribir cada vez más para poder pagar los costosos estudios de su hija, Scotty, en Princeton y el cuidado de Zelda en la clínica. De hecho, la necesidad de dinero era uno de los principales motivos de su depresión, que descubriría años después él mismo. Así lo afirmaba en una carta a su hija datada en la primavera de 1940 en la que también le avisaba del peligro de gastar por encima de sus posibilidades: “una de las razones por las que me encuentro tan hundido en los valles de la depresión es que cada varios años creo estar trepando monte arriba para recuperarme de alguna bancarrota”. Económica, pero sobre todo emocional.

The crack-up: el relato de una depresión

En 1936, ya en mitad de su patente hundimiento personal, publicó en la revista Esquire en tres números el ensayo donde relataría su crisis: The Crack-Up. El poeta Glenway Wescott lo calificó como «una auto-autopsia y un sermón de funeral», también de «una especie de juicio final». Tras su publicación, un deteriorado Fitzgerald escribiría a Beatrice Dance: «Nunca me fueron las cosas tan mal y con una persistencia tan desafiante».

En The Crack-Up aparece una profunda mirada interior en busca del cómo y el porqué de su derrumbamiento. De una caída que había sido paulatina, pero sin freno, fruto de la acumulación de golpes y heridas que ahora reflotaban a la superfície: «Toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea (…) no hacen patente sus efectos de inmediato», escribiría al inicio del primer de los tres números. Algo que conecta de forma directa con lo que escribiera en Suave es la noche (1934): «Se habla de que las heridas cicatrizan, estableciéndose un paralelismo impreciso con la patología de la piel, pero no ocurre tal cosa en la vida de un ser humano. Lo que hay son heridas abiertas; a veces se encogen hasta no parecer más grandes que un pinchazo causado por un alfiler, pero siguen siendo heridas».

«Me creía tan fuerte que pensé que nunca iba a estar enfermo».

F. Scott Fitzgerald en una las cartas a su hija (El Crack-Up, Capitán Swing).

Fitzgerald relataba en primera persona la falta de emociones reales y no fingidas que acusaba, su voluntad de estar solo, apartado, y la apatía que había empezado a sentir hacia la vida. De joven podía convivir con «el sentido de la inutilidad del esfuerzo y la necesidad de luchar», sin embargo, había llegado a un punto en el que le era imposible encontrar ese equilibrio, en continuar adelante pese a la niebla. En medio de tal desengaño con la realidad, el futuro no revestía demasiada esperanza. Aún menos su trabajo: «Ya hacia 1930 tuve la corozonada de que el cine sonoro convertiría incluso al novelista que más vendiera en algo tan arcaico como las películas mudas». ¿Qué le quedaba realmente a Fitzgerald?

Otro punto especialmente ilustrativo de The Crack-Up es su capacidad de recordar, en mitad de tal crisis emocional, episodios tan remotos del pasado como cuando no fue aceptado en el equipo de fútbol de Princeton o no fue enviado a ultramar en la guerra, «sus dos pesares juveniles». Es esta mirada recurrente al pasado uno de sus dos grandes talones de aquiles, como él mismo reconocía, uno más de los detonantes del derrumbamiento. En una carta a su hija escribió: «Me gustaría no haberme relajado nunca, ni haber mirado atrás, sino haber dicho al final de El gran Gatsby: «He encontrado mi camino -desde ahora eso es lo primero-. Éste es mi deber immediato, sin eso no soy nada». Sin embargo, el final rezaba de forma distinta: “Y así vivimos, botes contra la corriente devueltos incesantemente hacia el pasado”. Condenado a echar la vista siempre atrás.

Lápida de F. Scott Fitzgerald y Zelda Sayre con el final de The Great Gatsby sobre ella.

Una novela sin terminar

La novela fue siempre una especie de redención y salvación para Fitzgerald, en ella abocaba parte de sus preocupaciones, de sus miedos. Siete años después de la publicación de El gran Gatsby (1926), por ejemplo, en una reescritura constante del borrador, publicaría Suave es la noche. En ella, de forma similar a The Crack-Up, también relataba su crisis, dejando entreverla en la figura de Dick Diver. Envuelto en el alcohol y en la pérdida de la alegría y las emociones de antaño, Dick terminó destruyéndose a sí mismo, perdiéndolo todo y finalmente desapareciendo. Fitzgerald escribía sobre Dick, pero también sobre él.

En un manuscrito de sus últimos relatos, Temperatura, publicado por el editor de The Strand Magazine años después, escribiría al inicio: -En cuanto a la presente evasión, carece de sentido intentar decir que «Toda semejanza con hechos o personas reales es fruto de la casualidad»-. La historia mostraba la entrada en decadencia y el deterioro de la salud de un escritor famoso que fracasa por completo en Hollywood, donde también transcurriría su última novela, la que nunca pudo terminar: El último magnate, la historia de Monroe Stahr, un ficticio productor de cine inspirado en la figura de Irving Thalber. Para Fitzgerald, como escribiría Manuel de Lorenzo, «Stahr era la personificación de todo cuanto fascinó al escritor en Hollywood y nunca pudo alcanzar». El mundo de la novela albergó parte de sus miedos, pero también de sus sueños. Y el de Hollywood, como El último magnate, nunca terminó de llegar.

Un ataque al corazón en el salón de su casa el 21 de diciembre de 1940 sería el impedimento. Su por entonces pareja, Sheilah Graham, a quien conociera tres años atrás, sería quien lo encontraría tumbado en el suelo aquella mañana. Tiempo antes, Fitzgerald escribía en su cuadernos: “todo buen escritor nada por debajo del agua y aguanta la respiración”. No cabe duda: nadie la aguantó como él.

Àlex Honrubia