Sede del Banco Central Europeo, Frankfurt

¿Estamos preparados para una nueva crisis?

Cuaderno de Bitácora, Sapere Aude

Dicen que se avecina una crisis. ¿Qué significa eso? ¿De quién es la culpa? ¿Hemos salido de la anterior? Y sobre todo: ¿estamos preparados para una nueva crisis?

Últimamente es muy común ver en las noticias la inminente llegada de una nueva crisis económica. Algunos hablan de 2021, otros de 2022, y unos terceros incluso discuten que la desaceleración de Alemania y el comportamiento de ciertas variables estadounidenses muestran que ya está comenzando. Ahora la pregunta es: ¿estamos preparados para una nueva crisis?

Y una de las razones por las que dudamos que estemos preparados para esto es porque ni siquiera estamos seguros de que hayamos salido de la anterior. Y es que los economistas no son muy optimistas en este sentido. Algunos aseguran que hemos salido pero mal, otros que no hemos terminado de salir, otros que hemos salido condenándonos a otra (la de la deuda pública). ¿Y cómo puede ser que después de más de 10 años no hayamos salido de la última crisis? Bueno, en Europa hay una explicación.

Pero para eso hay que acercarse brevemente a varios conceptos simples en la economía. Dentro de la gestión de la economía, hay dos vías de actuación: la política fiscal y la monetaria.

Política fiscal

La política fiscal consiste en los gastos del estado y los impuestos recaudados. Es decir, el estado recauda un dinero mediante unos impuestos, y lo utiliza como gastos públicos. Un ejemplo son las carreteras, los aeropuertos, la sanidad, la educación pública, etc. De esta forma, cuando un país gasta más de lo que recauda, ese año tiene déficit, y a la acumulación de este se le conoce como deuda. En el caso contrario obtiene superávit. Sin embargo, en España no sabemos qué es eso del superávit desde 2007. Por supuesto, esto fue superávit de un ejercicio (un año), no que tuviéramos las cuentas completamente saneadas.

Por ejemplo, el país con mayor deuda pública del mundo es Estados Unidos, cuya deuda está valorada en 18 billones de euros. Sin embargo, la economía estadounidense sigue siendo la más grande del mundo, y podría cubrir esta deuda con mayor facilidad que Japón, cuya deuda, aunque mucho menor en términos absolutos, supone un 234% de su PIB (frente al 100% de EE. UU.). Eso significa que harían falta más de dos años en los cuales los japoneses tendrían que vender todos y cada uno de los bienes y servicios que producen para pagarla, lo que es simplemente absurdo.

En España, la deuda es del 97,1%, o lo que es lo mismo, casi un año completo de bienes y servicios de todos los españoles para cubrirlo. Recuerda esto que será importante más adelante.

Política monetaria

Por otro lado, la política monetaria trata la cantidad de dinero que hay en el mercado, así como de los tipos de interés. En muchos países esta gestión está separada del gobierno, como en EE. UU., donde es llevada por la reserva federal. En Europa, no sólo está separada del gobierno de cada país, sino que está externalizada en el Banco Central Europeo (BCE). Es decir, hay un solo banco que decide sobre la cantidad de euros y los tipos de interés.

La política monetaria es quien se ocupa de la pregunta: ¿y por qué no le damos dinero a todo el mundo y así todos somos ricos? La respuesta es simplemente que si todo el mundo tuviera, por ejemplo, un millón de euros, este dejaría de ser valioso, y nadie movería un dedo por los salarios que tenemos. A esta desvalorización del dinero se le llama inflación, y el ejemplo que siempre se utiliza es Venezuela, donde ha alcanzado el 1579% en un año. Para ponerte en contexto, en Europa el objetivo del BCE es mantenerlo cercano pero siempre inferior al 2%.

Las crisis

Entonces, cuando hay una crisis, ¿de quién es la culpa? ¿Quién es responsable de salir de ella? Pues ambos, gobierno y banco central. Los socialistas y socialdemócratas, amantes del estado y no tanto del sistema capitalista, echan la culpa al capitalismo. Los liberales, amantes del capitalismo y no tanto del estado, echan la culpa a los gobiernos (y los más liberales también al banco central).

Si bien uno de los más liberales añadiría además la culpa del banco central, generalmente los economistas están de acuerdo con que la torpe salida de la crisis ha sido culpa de los estados. Y es que los gobiernos muchas veces toman decisiones más electoralistas de la cuenta, mientras que los profesionales del banco central no rinden cuentas de esta manera.

Dentro de las políticas fiscales y monetarias encontramos dos tipos, las expansivas y las restrictivas, que se suelen combinar entre sí para lograr diferentes objetivos. Grosso modo, las expansivas, como aumentar el gasto o bajar los tipos de interés, sirven para lograr un mayor desarrollo económico (según la lógica keynesiana que es predominante). Suelen utilizarse entonces para salir de las recesiones o las crisis.

Pero como estas recesiones son cíclicas, los países tienen que prepararse con políticas austeras, como disminuir el gasto para generar superávit y así ahorrar para las vacas flacas, o aumentar los tipos de interés para frenar la especulación y tener espacio para bajarlos en un futuro.

El problema ha sido que los gobiernos y el BCE no han colaborado e ido de la mano para salir de la crisis. Mientras que Mario Draghi, presidente del BCE, ha estado bajando tipos de interés hasta los suelos e inventando todo tipo de medidas desesperadas para salvar la economía europea y el euro, muchos gobiernos no han hecho los deberes. Han estado entretenidos con temas mucho menos importantes pero más mediáticos.

¿Cuál es la solución?

Los tipos de interés están por los suelos, los países se encuentran endeudados, no hemos logrado salir enteramente de la última crisis, y tenemos a las puertas la siguiente acechando.

Por un lado, deberíamos subir los tipos de interés y reducir la deuda para prepararnos para la próxima crisis. Por otro lado, como todavía no hemos salido de la anterior y algunas economías se están ralentizando (recordemos la alemana), deberíamos seguir con tipos bajos y gastando más…

Pero es que resulta que por si fuera poco, hemos entrado en la trampa de liquidez, es decir, los tipos de interés ya son tan bajos que, por mucho que sigan bajándose, ya no tienen efecto real en la economía.

La única opción que nos queda para el crecimiento entonces es que los políticos se pongan de una vez manos a la obra y hagan su trabajo, tal y como el extasiado Mario Draghi lleva pidiendo desde hace años.

Se pide que aquellos países que tienen espacio fiscal (es decir, no tanta deuda), aumenten su gasto para estimular la economía. Pero estos países son los que mejor van, y evidentemente aumentar la deuda no es algo que les haga especial ilusión.

Pero adivina qué país no tiene este espacio fiscal. Efectivamente, España. Acuérdate de que tenemos una deuda del 97,1%. Aun así, no somos los únicos, sino que nos acompaña nuestro grupo de mediterráneos de siempre, que, por cierto, están peor que nosotros: Grecia (181%), Italia (123%), Portugal (121%), e incluso Francia (98%).

Entonces, en España ¿estamos preparados para una nueva crisis? Definitivamente no, pues ni tenemos una economía saneada, ni la capacidad para sanearla en estos momentos (por no tener, no tenemos ni gobierno).

¿Y ahora qué?

Evidentemente, no podemos prever el futuro, pero sí hay unas cuantas opciones posibles que podemos barajar.

En primer lugar, podemos continuar tal y como estamos, sin hacer nada al respecto y seguir con nuestra política enquistada de muchos problemas y pocas soluciones. En este caso, nuestra única esperanza es que, como otras veces, esperar a que las economías europeas más avanzadas tiren de nosotros tal y como Draghi pide.

Esta es la opción más realista, puesto que no hay motivos para pensar que va a haber un cambio político pronto (con esto no me refiero a un gobierno de la actual oposición, sino que no hay ningún partido con ideas claras para solucionar el problema). Además, supone una oportunidad para los países con espacio fiscal para utilizar este gasto extra que se les pide en una transición tecnológica y energética a un modelo ecológico. Es decir, ya que van a gastar, que lo hagan en algo productivo (la inversión en I+D+i es la más eficiente que pueden realizar los gobiernos), y no tiren el dinero como se hizo aquí con el Plan E.

En segundo lugar, España podría intentar estimular la economía aumentando todavía más el gasto y enfrentarse a los problemas que esto supone en el futuro. Esto también se llama en lenguaje estudiantil procrastinar, pero jugando con la vida de millones de personas, y no con la nota de un trabajo.

En tercer lugar, una idea que ni siquiera se baraja, es que la Unión Europea en un momento de crisis avanzase hacia una unión fiscal. Es decir, que la política fiscal se llevase también desde Europa y no desde cada país. Esto haría que las deudas de los países con más déficit fueran absorbidas por la Unión Europea, que tendría un gran problema, pero mucho menor que, por ejemplo, Grecia.

Esta opción repito no se baraja porque desde que se rechazó la Constitución Europea en 2004 y se diera un último empuje europeísta con el Tratado de Lisboa en 2007, la dinámica en el viejo continente ha cambiado a ser menos europeísta y más nacionalista, con protagonistas como Orbán en Hungría, Mateusz Morawiecki en Polonia, Salvini en Italia, o el propio Reino Unido y el Brexit.

Por último, podríamos hacer el milagro de tomar medidas más eficientes que estimulen la economía sin necesidad de aumentar el déficit. Esta es la apuesta liberal. Pero si fuera tan fácil como esto los partidos ya lo habrían hecho hace tiempo, y tampoco ningún partido propone medidas de este estilo.

En definitiva, Europa se encuentra en una situación comprometida. Mario Draghi se ha quedado sin trucos de magia, y la próxima presidenta del BCE Christine Lagarde, no parece que venga con un nuevo pack de ellos. Es hora de que los gobiernos europeos demuestren que están a la altura de la situación, así como de los ciudadanos de exigirlo. Entonces, ¿estamos preparados para una nueva crisis?

Ignacio Garijo Campos.