Karina SAINZ BORGO: La hija de la
española
. Lumen (Barcelona, 2019), 220 páginas.

         MI AMIGO GERARDO es un gran historiador venezolano que trabajó durante la década del 80 en el Archivo de Indias gracias a las becas Ayacucho, un espléndido programa mediante el cual el gobierno venezolano financiaba las investigaciones de sus mejores académicos en cualquier lugar del mundo. Recuerdo que Gerardo vivía mejor que los becarios gringos, franceses, mexicanos y chilenos y me consta que a pesar de la insulina que se inyectaba tres veces al día con una hipodérmica que parecía una estilográfica era inmensamente feliz, porque la diabetes se le antojaba peccata minuta. Sin embargo, aquel achaque que hace algo más de treinta años le parecía una minucia, ahora lo carcome cada día por la desaparición de la insulina de las farmacias, hospitales y laboratorios de Caracas. Gerardo ha tenido que dejar la Universidad Simón Bolívar por el quebranto de su salud y se ha mudado a casa de su hermano, pues en la suya ha sido víctima de atracos, palizas y saqueos. Desde 2017 los amigos recibimos lacónicos mensajes donde nos dice ‟me queda insulina para una semana” y desde México, Estados Unidos, Colombia y España se pone en marcha una cadena para tratar de hacerle llegar las dosis que ahora se aplica hirviendo agujas y jeringas de cristal, porque los lapiceros de insulina también se han esfumado de Venezuela. Mi amigo no desea ser una carga para su familia, pero con su pensión no podría alquilar ni siquiera una habitación compartida sin baño y así busca desesperado trabajo por colegios y universidades de Colombia, Ecuador y Panamá mientras ayuda a su hermano haciendo las colas en los supermercados donde los grupos de whatsApp de la familia le avisan de la llegada de arroz, azúcar o frijoles.

            El drama de mi amigo Gerardo no es
ficción ni es parte de una novela. Es una tragedia que conocen muy bien los
venezolanos que no reciben diálisis o que no pueden adquirir antialérgicos o
inhaladores contra el asma porque ya nada de eso existe ni en los hospitales ni
en las farmacias. Recrearse en la escasez de papel higiénico es banalizar la
dimensión de la tragedia de un país donde la población padece la desaparición
progresiva de medicinas y alimentos básicos. Sabemos cuántas personas mueren
durante las manifestaciones contra el régimen, pero ignoramos el número exacto
de fallecidos por la ausencia de incubadoras, insulinas, inhaladores, diálisis,
diuréticos, vasodilatadores, anticoagulantes o insumos para las quimioterapias.
La hija de la española sí es una
novela, pero también consiente que la leamos como una crónica, un reportaje o
un testimonio de alguien que ha escapado del infierno tan sólo para contarnos
lo que ha visto.

            Supe de la existencia de Karina
Sainz Borgo en 2006, cuando estaba recién llegada de Venezuela y colaboraba
desde Madrid con «Papel Literario», el suplemento cultural de El Nacional de Caracas. Nadie le regaló
nunca nada y por lo tanto puedo dar fe de su audacia, su talento y su
estajanovismo, apenas comparables al enthousiamos
literario que la posee y que le ha permitido ejercer la crítica de la pasión
pura hasta que ha dado el salto definitivo a la ficción con La hija de la española, una novela que
transpira gases, herrumbre y descomposición porque la peripecia de su
protagonista, Adelaida Falcón, está marcada por la muerte de dos mujeres
distintas y decisivas: Una, la esencial, jamás le contó las cosas que siempre
quiso saber y Adelaida respetó sus silencios. La otra, la desconocida, transformó
a Adelaida en su gólem y la obligó a usurpar los detalles más minúsculos de su
vida. Ambas mujeres habían perdido sus amores y sus países, pero aquellas
pérdidas se convirtieron en el único patrimonio de Adelaida.

            En uno de los pasajes más
significativos de la novela, Adelaida se enfrenta a las crueles okupas de su casa tan sólo para
recuperar sus libros y la vajilla de su madre. Reconocí a Karina Sainz Borgo en
esa Adelaida Falcón dispuesta a dejarse partir la cara por los poemarios de
Eugenio Montejo, cuyos versos El tiempo
no me habla de la muerte, / en esa ciudad ya no vivimos
me sirven para
titular estas líneas y evocar el antiguo esplendor de Caracas. Estoy persuadido
de que esos libros de poemas profanados existieron, igual que una entrañable vajilla
de La Cartuja hecha añicos. Ignoro si Karina sabe que aquellos platos se
cocieron en Sevilla, la ciudad española donde más libros de Eugenio Montejo se
han publicado, y por eso considero que esa escena es la más simbólica de La hija de la española, porque ahí
contemplamos la destrucción de la memoria, el aniquilamiento de un acervo y los
escombros de un país semejante a lo que
queda de un rostro en un espejo / cuando se parte
, por decirlo con otros versos
de Montejo.

            En realidad, para eso ha escrito Karina Sainz Borgo La hija de la española: para que Adelaida Falcón pueda recuperar sus libros y su vajilla sevillana, para no volver a oír de nuevo el sonido amelonado de las cabezas cuando se abren y para no tener que recoger lo que queda de un rostro en un espejo / cuando se parte.

Fernando Iwasaki