Imagino que a menudo tienen la sensación de que hay cuestiones fuera de su alcance, bien por pillar la historia empezada o por extravío a causa de deícticos malintencionados en titulares y entradillas. No teman, nos pasa a todos. Consuélense con el hecho de que un servidor, siendo un tripulante de La Nao con intenciones de enfilar El Fondeadero, conoce lo justo del argot marinero.

Navegamos en tiempos inestables y volátiles —confusos en definitiva—, lo cual, lo habrán notado, genera crispación e ira en el entorno. Recordarán la magnífica metáfora garciamarquiana de la peste del insomnio. Su efecto provocó en los habitantes de Macondo el progresivo olvido de todo cuanto les rodeaba, incluso del nombre de los utensilios de andar por casa o, en última instancia, del lenguaje mismo. Inmersos ahora en aquel terrible proceso de amnesia colectiva, les ofreceré a través de la palabra —mientras aún podamos servirnos de ella— mi punto de vista sobre diversos temas de cultura y sociedad. Éstos, inherentemente, estarán relacionados con la actualidad. Dicho de otro modo, intentaré marcar para los lectores cada elemento con su propio nombre para no olvidarlo.

No piensen que van a la deriva. Procuren revisar regularmente su particular Cuaderno de Bitácora y, aunque la dirección no dependa de ustedes, si saben adónde van, al menos tendrán margen para reaccionar. Mi nombre es Enrique Zamora, acabo de graduarme en Periodismo por la Universidad de Sevilla y les invito a arribar a El Fondeadero, un lugar desde el que examinar el terreno, admirar las vistas y, lo más importante, reconocer el fondo del agua, esté o no turbia.

«No tengas miedo, la oscuridad en la que estás metido aquí no es mayor que la que existe dentro de tu cuerpo, son dos oscuridades separadas por una piel […]. Querido amigo, tienes que aprender a vivir con la oscuridad de fuera como aprendiste a vivir con la de dentro.»

José Saramago

El Fondeadero, sección de Enrique Zamora Sánchez