s de setenta días. Más de setenta días son los que lleva España en plena crisis del Covid-19. Horas, minutos y segundos repletos de incertidumbre. Acompañados de pequeños recovecos de felicidad que consiguen evadirnos de la situación mundial. Siguen existiendo los privilegiados: con un gobierno democrático, un sistema sanitario (eso sí, algo colapsado) y ciudadanos con muchas ganas de avanzar hacia adelante. Y pese a estar en la cima de la pirámide, se sufre como si no quedasen fuerzas. Entonces, ¿cómo se está viviendo esta crisis en una situación al límite con una población agotada?

Es el caso de Yemen. Este territorio (cuyo régimen autoritario se interrumpió en 2011 provocando la caída de Alí Abdalá Salé) lleva desde 2015 siendo víctima de uno de los mayores conflictos armados de la actualidad. Se trata de una de las principales crisis sociales y políticas denunciadas por Amnistía Internacional. En ella, las violaciones del Derecho Internacional Humanitario se han ido sucediendo sin pausa desde sus inicios.

Los intereses supremacistas de múltiples potencias, como Arabia Saudita, han provocado un colapso progresivo de la situación. Los últimos acuerdos de 2018 guiados por Naciones Unidas parecían dar un halo de esperanza. Parece que su exhausta población tan solo desea volver a la normalidad. Con la llegada de la pandemia, en pleno 2020 , se han repetido una serie de acontecimientos que forman parte de la historia de Yemen y sus ciudadanos.

Desde los inicios de la crisis mundial, organizaciones del calibre de Naciones Unidas han insistido en la necesidad de un alto al fuego mundial que permita hacer frente a la pandemia. En Yemen, esto se tradujo en una tregua a principios de abril que pudo ser interpretada como un soplo de aire para la finalización del conflicto. Pero parece que el cese sigue estando igual de lejos que siempre.

 Las últimas informaciones ya han anunciado la llegada del enemigo real, el Covid-19,  a las tierras yemeníes. El gobierno reconocido internacionalmente ha avisado sobre los pocos recursos que tienen tras el largo conflicto armado y un sistema sanitario tan frágil que resulta prácticamente inexistente.

 Ahora bien, la cuestión innegable es hasta qué punto Naciones Unidas será capaz de responder al grito de socorro arrojado por el gobierno. La organización ha demostrado en múltiples ocasiones la ineficaz gestión que ha llevado a cabo de la situación, hasta el punto de que Yemen es la mayor crisis humanitaria a la que se han enfrentado (obteniendo datos tan escalofriantes como que 12’24 millones de niños están en situación de necesidad). Ahora, con las consecuencias que está provocando el Covid-19, el territorio se expone a una paralización total de la vida.  No se trata únicamente del impacto en las vidas humanas. Si traducimos las previsiones más optimistas sobre los efectos en la economía mundial, seguimos encontrándonos con una de las situaciones más catastróficas. Los efectos son claros en Yemen, con una economía ya destruida por la multitud de intervenciones militares .

 Debemos ser sensatos y asumir que la respuesta al Covid-19 ya es difícil de por sí pero, en crisis humanitarias se convierte en un obstáculo de magnitudes olímpicas. Aunque quizás, siendo idealistas,  la última ilusión resida en que precisamente debido a esta situación haya un cambio. Y de esta forma se produzca una reducción cada vez mayor de las tropas en la zona. Quizás así la población obtenga por fin cierto margen para recuperarse y poder respirar.

 Existe algo claro y es que la condición es insostenible. Es necesaria una intervención externa que ayude a Yemen a ganar la guerra contra este nuevo rival. La geopolítica y las luchas de poder deben ser desmanteladas de una vez. Quizás el coronavirus sea la última posibilidad de recordar la plena acepción del término “humanidad”. No dejemos que la comunidad internacional olvide a Yemen, ni a las almas que ya dejaron atrás.

Ariadna Canoves.