Las excursiones a la Montaña de Vinicunca o de Siete Colores en la temporada de verano del hemisferio sur se realizan por la mañana, muy temprano porque a las doce comienza a nevar. Desde Cusco, una de las ciudades más importantes de Perú, salen cientos de autobuses cada mañana. Estos recorren el difícil camino que hay hasta la falda de la montaña.

Situada en la Sierra del Sur peruana, tiene 5.200 metros de altura. Se trata de un glaciar que se descongeló y desde el 2016 se ha convertido en uno de los mayores reclamos de la región peruana. Debe los diferentes colores de sus capas a la acumulación de distintos minerales a lo largo de su historia.

Desde el inicio, todos advierten de los posibles mareos por las alturas y hacen que cada viajero se frote las manos con un preparado líquido con olor a hierbabuena que al respirarlo evita que se produzcan. De camino a la cima, decenas de residentes se acercan a los visitantes para ofrecerles hacer a caballo el paseo hasta el mirador. En el principio cuesta 60 soles (unos 16 euros) por ello, muchos aceptan la propuesta y la ruta se llena de cientos de habitantes de Pampachiri (como se llama a quienes viven en la montaña) corriendo por los caminos embarrados, parecen incansables. Los lugareños de Vinicunca visten trajes de colores increíbles, trenzas eternas y llevan sandalias y los pies secos, pero no se detienen.

Conforme nos vamos acercando al final del recorrido, el precio del paseo baja hasta los 30 soles (8€). A 5.200 metros la cantidad de oxígeno es la mitad a la que existe a nivel del mar y por el camino no faltan personas tendidas en el suelo, otras a las que le sangra la nariz por la presión o algunos desmayos. A diferencia de lo que ocurre en Bolivia, aquí no huele a hoja de coca, remedio comúnmente utilizado para evitar el mal de altura. Los dueños de los animales apenas hablan con los turistas, solo trabajan.

Cuando solo queda la cuesta final, demasiado empinada, ya no se puede continuar a caballo y todo el mundo anda.

Claudia es una habitual de la cima, con cuatro años, todos los días sube a pie a la lo más alto de la montaña junto a su madre, ambas reciben a los visitantes y venden aperitivos. No habla español, tiene la piel extremadamente seca y, a diferencia de todos los demás los que están allí, respira con total tranquilidad. Lleva las mismas sandalias que los adultos y sus pies están blancos del polvo del camino. Se sientan algo apartadas de la gente y se quedan solas mientras la gente busca el camino de vuelta a los autobuses.

El camino de vuelta es aún más duro que el de ida. Hay menos gente por el estrecho camino, pero más gente mareada y desmayada. Nieva con mucha fuerza y no se ve nada pues la nieve da directamente en la cara, los ojos van prácticamente cerrados. Cada vez quedan menos caballos y los que hay llevan a sus dueños al galope hasta unas carpas de plásticos que hay en la zona baja de la montaña.

Vinicunca pierde sus colores, todo se vuelve blanco, los visitantes corren ahogados hacia sus vehículos y regresan a Cusco.

Victoria Flores Herrera